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Momentos clave
Un episodio grabado fuera del despacho, en un pueblo de Mallorca sin ruido ni coches, para hablar de lo contrario: la atención partida en trocitos por correos, llamadas y alertas. Juan Gabriel cuenta el truco con el que saca diez vídeos al día y por qué prefiere dos horas absolutamente intensas a una jornada de ocho.
Un pueblo sin ruido como decorado
El episodio no se graba en el despacho, sino en Esporles, en casa de un excompañero de la empresa de videojuegos. El sitio no es anecdótico: el silencio absoluto es el contraste sobre el que se monta toda la reflexión.
«No hay ruido, no hay coches, no hay tráfico, no hay estrés.»
El peaje de vivir conectado
Estar conectado tiene ventajas claras: información en tiempo real, vídeos, formación. El precio es una atención tan repartida que ya cuesta sostener una sola tarea de principio a fin.
«Cada dos minutos te molesta un correo electrónico, una llamada, una alerta, nos desvía mucho de la atención.»
El botón de no molestar antes que el guion
Cuando da una formación en directo, lo primero que prepara no es el material sino el silenciado del móvil y del correo. Al compartir pantalla, además, la notificación no interrumpe solo a quien enseña.
«lo más importante es el botón de no molestar del móvil y el botón de que no me lleguen correos, no me lleguen alertas»
Modo avión como regla general
La versión aplicable a cualquier trabajo es igual de sencilla y no necesita ninguna herramienta: apagar el móvil del todo o, como mínimo, dejarlo en no molestar durante el bloque de trabajo.
«cuando nos centremos en una tarea olvidemos de todas esas distracciones, pongamos el móvil en modo avión o si no lo puedes poner modo avión, por lo menos en modo no molestar»
Así se sacan 150 cursos
Responde a la pregunta que más le hacen: cómo publica 150 cursos de temáticas distintas, unos diez vídeos al día. No hay sistema ni app; hay un teléfono que no está mirando hacia él mientras graba.
«si yo ahora me pongo a grabar un vídeo, no tengo por ahí el teléfono móvil con la pantalla mirando hacia mí»
Nadie está ocho horas concentrado
Enmienda directa a la jornada laboral: la concentración es un recurso limitado y ningún empleado la sostiene ocho horas seguidas. Somos personas, desconectamos y necesitamos pausas.
«No tenéis porque estar 8 horas concentrado, nadie está 8 horas concentrado»
Dos horas intensas contra ocho de presencia
Prefiere una jornada corta y sin interrupciones a una larga y troceada, y lo justifica con la contabilidad del tiempo realmente productivo dentro de una jornada de ocho horas.
«Yo prefiero tener una jornada laboral de dos horas, absolutamente intensas, desconectando esas distracciones, desconectando el teléfono móvil, desconectando los correos electrónicos»
La factura a largo plazo: el burnout
El desgaste de vivir interrumpido tiene un desenlace conocido en el sector tecnológico, que él dice haber visto mucho en programación y que acaba en cambio de trabajo o de oficio.
«tras dos, tres años, en un determinado puesto, te quemas, te frustras, fenómeno del burnout»
El episodio, en profundidad
Este episodio no se grabó en el despacho de siempre. Juan Gabriel lo abre desde Esporles, un pueblo de Mallorca, en casa de Ismael Sánchez, un excompañero de su etapa en la empresa de videojuegos PlaySpace que hoy trabaja desde allí. El decorado no es un capricho, es el argumento: «No hay ruido, no hay coches, no hay tráfico, no hay estrés.» Sobre ese silencio se monta la reflexión del capítulo, que es a la vez la más repetida y la peor practicada del trabajo intelectual: hacer una sola cosa cada vez.
Estar conectado tiene un precio y lo pagas en atención
La premisa no es que la vida conectada sea mala. Juan Gabriel enumera lo que gana quien vive con el ordenador abierto: estar al día, leer lo que pasa en tiempo real, ver un vídeo, formarse. El problema es el peaje. «Cada dos minutos te molesta un correo electrónico, una llamada, una alerta, nos desvía mucho de la atención.» El resultado es una atención tan repartida que ya cuesta sostener una única tarea de principio a fin.
De ahí sale la reflexión completa del episodio, dicha sin adornos: «Cuando trabajemos en algo, intentamos estar concentrados en esa cosa.» Suena a tópico y él mismo lo admite. La diferencia está en que aquí viene con un procedimiento concreto detrás.
El truco cabe en un botón
El ejemplo que pone es el de dar una formación, un training de Unity en directo. Antes de empezar, lo primero no es el guion ni el material: «lo más importante es el botón de no molestar del móvil y el botón de que no me lleguen correos, no me lleguen alertas». Y hay una razón añadida cuando compartes pantalla, porque la notificación que salta encima de la clase no molesta solo a quien la recibe: «porque distrae al que enseña en este caso, yo y distrae al que escucha».
La versión general del truco es igual de barata de aplicar: «cuando nos centremos en una tarea olvidemos de todas esas distracciones, pongamos el móvil en modo avión o si no lo puedes poner modo avión, por lo menos en modo no molestar». No hay app de productividad, ni sistema, ni metodología con nombre propio. Hay un interruptor.
La unidad de trabajo tampoco es rígida. Habla de programarse media hora, una hora o dos y tres horas según lo que exija la tarea. Lo que no cambia es lo que ocurre dentro de ese bloque: ninguna interrupción, ningún despiste respecto a lo que hay que hacer.
Así se sacan 150 cursos
En el minuto más interesante del episodio, Juan Gabriel responde a la pregunta que más le repiten: cómo ha sido capaz de publicar 150 cursos de temáticas distintas manteniendo la calidad, lo que le sale de media a unos diez vídeos al día. La respuesta decepcionará a quien esperaba un secreto: «si yo ahora me pongo a grabar un vídeo, no tengo por ahí el teléfono móvil con la pantalla mirando hacia mí». Móvil en modo avión o en no molestar, y toda la cabeza puesta en grabar ese vídeo de matemáticas, ese ejercicio, ese tutorial concreto. La cifra de cursos es la de mayo de 2022, cuando se grabó el episodio; el catálogo ha crecido bastante desde entonces, pero el método es el mismo.
Nadie está ocho horas concentrado
La segunda mitad del episodio es una enmienda a la jornada laboral tal y como está montada. «No tenéis porque estar 8 horas concentrado, nadie está 8 horas concentrado», dice, y de ahí lanza un recado directo a quien firma contratos de ocho horas diarias: sus empleados no trabajan ocho horas. Tampoco él. Somos personas, desconectamos, necesitamos relajarnos, ir al baño, tomarnos un café o un vaso de agua.
Conviene leer esto con cuidado, porque no es una excusa para trabajar menos. Es lo contrario: es aceptar que la concentración es un recurso limitado y, en consecuencia, dejar de gastarla en el sitio equivocado.
Dos horas de verdad contra ocho de presencia
La conclusión práctica es la parte más provocadora del capítulo: «Yo prefiero tener una jornada laboral de dos horas, absolutamente intensas, desconectando esas distracciones, desconectando el teléfono móvil, desconectando los correos electrónicos». Su argumento es que esas dos horas rinden más que la jornada larga de la que salen, y lo cuantifica con la única contabilidad honesta que existe aquí, la del tiempo realmente productivo: «de las 8 horas, pues yo igual soy productivo dos horas, dos horas y media, tres horas, el que es productivo 4 horas, yo creo que ella hace mucho».
Dicho de otro modo: la jornada de ocho horas ya está reducida a dos o tres de trabajo real en casi cualquier oficina. La pregunta no es cuánto recortas, sino si esas dos o tres horas las haces con el teléfono boca arriba o boca abajo.
El coste de no hacerlo
El episodio cierra con la factura a largo plazo, y aquí el tono se vuelve serio. Vivir permanentemente conectado y permanentemente interrumpido genera un malestar que en el sector tecnológico tiene un desenlace conocido: «tras dos, tres años, en un determinado puesto, te quemas, te frustras, fenómeno del burnout», algo que Juan Gabriel dice haber visto mucho en programación y que acaba en cambio de trabajo o directamente en cambio de oficio.
El reverso es lo que promete el método: «yo creo que nivel de productividad nos aumenta considerablemente, sin generarnos más estrés, sin generarnos más distracciones, sin generarnos malestar». Más resultado y menos desgaste a la vez, que es exactamente lo que no consigue nadie sumando horas.
Cómo aplicarlo esta misma tarde
- Elige una sola tarea y ponle una duración honesta: treinta minutos, una hora, tres si lo pide.
- Modo avión, y si no puedes, no molestar. El teléfono, además, boca abajo y fuera del campo de visión.
- Si vas a compartir pantalla, silencia las notificaciones antes. El popup no te descoloca solo a ti, descoloca a toda la sala.
- No pretendas ocho horas de foco. Nadie las tiene; programa bloques y respeta las pausas.
- Mide productividad, no presencia. Dos horas intensas superan a una jornada entera troceada por alertas.
El episodio dura poco más de seis minutos y no promete un sistema. Promete algo más pequeño y más difícil: apagar lo que suena mientras haces una cosa. Grabado, por cierto, en el único sitio donde eso ya viene de serie.
Lo que te llevas
- Una tarea cada vez: la regla del episodio es concentrarse en lo que estás haciendo y apagar todo lo demás mientras dure.
- El truco no necesita herramientas: modo avión, o como mínimo no molestar, y el correo silenciado durante el bloque de trabajo.
- Si compartes pantalla, silencia las notificaciones antes: el aviso que salta distrae al que enseña y también al que escucha.
- El bloque de foco se ajusta a la tarea: media hora, una hora o dos y tres horas, pero sin interrupciones dentro.
- Nadie aguanta ocho horas concentrado, ni empleados ni autónomos; contar la jornada por presencia es contar mal.
- Dos horas absolutamente intensas rinden más que una jornada de ocho troceada por alertas, donde el tiempo productivo real ronda las dos o tres horas.
- El coste de no hacerlo no es solo perder tiempo: la interrupción constante alimenta el burnout que él dice haber visto mucho en programación.