Volumen 020 · Frogmación Podcast

Cómo es mi estudio de grabación

Por Juan Gabriel Gomila • • 12 min de audio

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Episodio 020: Cómo es mi estudio de grabación

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Momentos clave

Juan Gabriel Gomila dedica el episodio 20 a enseñar el rincón de su casa desde el que graba: qué micrófono usa, por qué no lo apoya nunca en la mesa y cómo insonorizó la habitación. Te llevas una lista de decisiones concretas y baratas para grabar mejor en casa, incluida la de aceptar que un grillo se cuele en la toma.

Del micro del casco a un micro grande

Sus primeros cursos los grabó con el micrófono colgante de unos auriculares corrientes, que se rozaba con la ropa en cuanto se movía. De ahí pasó a micros de corbata, luego de pie y por fin al que usa hoy.

«Y el audio no es que fuera muy bueno»

La pandemia le dio un sitio fijo

Mientras viajaba de una clase a otra no podía cargar con un micrófono grande, así que tiraba de corbata. Dejar de viajar fue lo que le permitió montar algo permanente y optimizarlo.

«lo primero que decidí fue, que tenía que tener un sitio fijo para poder grabar»

Pladur por fuera, lana de roca por dentro

La habitación se construyó ya pensando en grabar vídeo. Detrás de las paredes de pladur hay lana de roca, un compuesto blando que absorbe el sonido y que no conviene tocar con la mano.

«pica muchísimo, no lo recomiendo nunca tocarlo con la mano»

Insonorizada, pero no hermética

La sala reduce bastante el ruido sin llegar a ser un búnker, y es a propósito: ahí dentro necesita ordenador y buen wifi. Un grillo del campo de al lado se coló en la grabación y acabó formando parte de ella.

«he decidido añadirlo como banda sonora adicional»

El micrófono no se apoya en la mesa

Con el micro sobre una peana en el escritorio pasaban dos cosas: ocupaba el sitio del teclado y transmitía las vibraciones del mueble. Amplificadas, tapaban su propia voz.

«se veía más el traqueteo de mi teclado»

Suspensión y corona de cuerda

El montaje actual cuelga el micrófono de un brazo articulado y lo aísla con una corona de cuerda que absorbe los golpes de la mesa. De paso le libera el escritorio para el teclado, el ratón o el iPad.

«es un sistema totalmente suspendido en el aire, que además tiene aquí una corona circular hecha con cuerda»

Paravientos, espuma y adiós al antipop

El paravientos peludo corta el soplido y la espuma se come los sonidos explosivos. Esta semana ha retirado el filtro antipop porque en cámara ocupa demasiado, y pide a quien escucha que juzgue el resultado.

«el audio de estas semanas se oye mejor, peor o igual»

La cámara del podcast es el móvil

No graba con la webcam del ordenador. El vídeo del podcast sale de su teléfono sobre un trípode pequeño, y la cámara del iPad la guarda para los directos y para cuando tiene que escribir en pantalla.

«realmente en lo que grabo es con mi teléfono móvil»

El episodio, en profundidad

El episodio 20 de Frogmación no tiene invitado ni tema de negocio: Juan Gabriel Gomila dedica doce minutos a enseñar, cacharro a cacharro, el rincón de su casa desde el que graba los cursos online y el podcast. Es de las pocas veces que habla de la parte técnica, y lo hace porque acababa de cambiar el montaje esa misma semana. Quien lo ve en YouTube lo ve; quien lo escucha, lo tiene descrito, que para él es parte de la gracia: «la magia precisamente es imaginarte cómo narices alguien en su casa se pone a grabar un podcast».

Del micro del casco a un micro colgado del aire

El punto de partida no fue nada glamuroso. Cuando empezó a grabar cursos online usaba unos auriculares de los que vienen con altavoces, con ese micrófono pequeño que cuelga del cable: en cuanto te movías, se chocaba con el jersey, la camisa o el polo que llevaras puesto. «Y el audio no es que fuera muy bueno», resume. A partir de ahí fue subiendo escalones de uno en uno: micros de corbata, micros de pie y, por fin, el actual, un micrófono grande y pesado que no se apoya en ningún sitio porque va suspendido en el aire.

El salto lo permitió, por raro que suene, la pandemia. Antes viajaba sin parar: una semana en un sitio, otra en otro, dando clases y charlas fuera de casa. Meter semejante armatoste en la mochila no era una opción, así que tiraba del micro de corbata y listos. Cuando se quedó en casa, la prioridad cambió: «lo primero que decidí fue, que tenía que tener un sitio fijo para poder grabar».

Pladur por delante, lana de roca por detrás

Ese sitio fijo es la habitación en la que lleva dos años grabando los cursos y los episodios, y no es una habitación cualquiera: «ya pensé precisamente en que iba a grabar vídeos desde aquí y lo que hice fue insonorizarla». Lo que se ve son paredes de pladur; lo que no se ve es lo que hay detrás, lana de roca, un compuesto blando que absorbe el sonido y que conviene no tocar con los dedos: «pica muchísimo, no lo recomiendo nunca tocarlo con la mano».

Insonorizada, eso sí, no significa hermética, y es a propósito: «no llegas a ser una habitación hermética o una habitación insonorizada». Ahí dentro necesita el ordenador, conexión a internet y buen wifi, y para grabar clases y podcast no le hacía falta un búnker. La prueba llega en el propio episodio. Vive en una casita de campo que, cuenta, «está en medio de la ciudad, pero como tiene zona de campo» le trae gatos, grillos, hormigas y bichos bola. Ese día un grillo llevaba dos horas de serenata. Esperó a que se callara, no se calló, y tomó la decisión más honesta posible: «he decidido añadirlo como banda sonora adicional».

Por qué el micrófono no toca nunca la mesa

Aquí está la lección más aprovechable del episodio para cualquiera que grabe en casa. Durante una temporada el micro estuvo sobre el escritorio, sujeto a una peana que hoy le sirve de soporte para el iPad. Falló por dos motivos. El primero, el espacio: como el micro tiene que quedar a unos diez o quince centímetros de donde habla, la peana caía justo encima del teclado, o le tapaba la pantalla, o le estorbaba para coger el iPad.

El segundo es el que de verdad estropea las grabaciones: cada vez que tocaba la mesa o escribía, las vibraciones viajaban por el mueble hasta la peana y el micrófono las amplificaba. Tanto, que «se veía más el traqueteo de mi teclado» que su propia voz en los cursos. La solución fue pasar a un sistema suspendido, con un detalle que se ve bien en el vídeo: «es un sistema totalmente suspendido en el aire, que además tiene aquí una corona circular hecha con cuerda». Esa cuerda es la que absorbe el golpe si mueve la mesa. Y el brazo articulado del que cuelga le devuelve el escritorio entero: puede acercar el teclado, el trackpad, el ratón o el iPad sin tener el micro por medio.

Paravientos, espuma y el antipop que ha retirado

Sobre el micro lleva un paravientos, ese accesorio peludo que se suele ver más en exteriores que en interiores y que corta el ruido del soplido cuando hablas fuerte. Debajo hay además una espuma, que es lo que a él más le convence: absorbe los sonidos explosivos, las pes, las bes y las tes, esos golpes que delante de un micrófono suenan secos.

El cambio de la semana es que ha quitado el filtro antipop, el disco circular de malla muy fina que hasta entonces llevaba delante del micro. No por sonido, sino por imagen: en cámara ocupa mucho. Y en lugar de decidirlo él solo, lo somete a votación de quien escucha, invitando a comparar el episodio anterior con este y a decir si «el audio de estas semanas se oye mejor, peor o igual». La misma petición hace con el otro añadido de la semana, una pantalla acústica de pinchos colocada detrás del micro: «los pinchos hacen que las ondas sonoras sean absorbidas lo suficiente como para reducir esos agudos». Deja claro que eso no amplifica nada, solo se come los agudos y deja el sonido más grave y constante.

La cámara no es la del ordenador

La sorpresa del episodio es la parte de vídeo. Para el podcast no usa la webcam del portátil ni una cámara de las caras: graba con el teléfono móvil sobre un pequeño trípode, orientándolo según lo que quiera enseñar ese día. La cámara del iPad la reserva para los directos o para cuando tiene que girarse a leer o escribir algo en pantalla, cosa que en el podcast no le hace falta porque no lleva guion. Ese día colocó el móvil de forma que se viera el montaje nuevo: antes el micrófono colgaba en vertical desde arriba, y ahora el brazo hace más de noventa grados para que apunte hacia él, ligeramente inclinado. No es capricho, es cómo capta ese micro: si le hablas de frente o desde arriba, el audio sale peor que si le hablas desde un lateral.

Un estudio sin mesa de mezclas

El cierre desmonta cualquier tentación de compararse con un profesional: «esto ni siquiera es un estudio de grabación con mesa de mezcla y demás, no, no, en casa tal cual para poder grabar unos episodios». Montar un sitio decente para directos, vídeos o podcasts en casa no tiene por qué ser caro: lo único que aquí sale de lo normal es haber insonorizado la sala al construirla.

Antes de despedirse deja un apunte de casa: esa semana Frogames había sorteado un curso en Twitter entre quienes contestaran qué curso les gustaría tener y compartieran uno de sus contenidos. Hubo ganador, la acogida fue buena y anuncia que lo repetirán de forma regular, así que recomienda seguir a Frogames en Twitter, Facebook y TikTok, o a él mismo en sus redes.

Lo que te llevas

  • El micrófono nunca debe apoyarse en el escritorio: las vibraciones del teclado y de la mesa se transmiten por la peana y el micro las amplifica hasta tapar la voz.
  • Un brazo articulado con suspensión y una corona de cuerda resuelven a la vez las vibraciones y el espacio que el micro te robaba en la mesa.
  • Paravientos para el soplido, espuma para los sonidos explosivos (pes, bes y tes) y filtro antipop solo si no te estorba en cámara.
  • Insonorizar por detrás del pladur con lana de roca funciona sin convertir la sala en un búnker, que además sería incómodo para trabajar con ordenador y wifi.
  • Los paneles de pinchos no amplifican nada: absorben agudos y dejan el sonido más grave y constante.
  • No hace falta cámara profesional: un teléfono móvil en un trípode pequeño basta para grabar el vídeo de un podcast o una clase.

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