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Momentos clave
Un capítulo de quejas, sin invitado y sin tutorial: el top 7 de cosas que Juan Gabriel Gomila odia de dedicarse a la enseñanza online. Van desde el estudiante que confunde un curso con una consultoría hasta el fallo técnico que le obliga a repetir una clase, pasando por los expertos que se apuntan a un curso básico para corregir al profesor. De paso, deja un aviso serio sobre las tareas copiadas y las certificaciones blockchain.
Un curso online no es una consultoría
El primer malentendido: quien compra un curso y espera que le resuelvan su proyecto personal. Él sí hace consultoría para empresas, con sus horas y sus precios, pero fuera del curso. Las dudas de un curso son del temario del curso.
«si quieres emprender oye, está perfecto, yo también he emprendido, pero las dudas de un curso online deberían ser exclusivamente del curso online»
Los listillos y la solución copiada
Hay quien se descarga la solución de la tarea y la entrega como propia, a veces con el nombre del instructor todavía puesto. Como las certificaciones son blockchain, la tarea invalidada tiene consecuencia directa sobre el certificado.
«El curso no te servirá porque nosotros no podemos emitirte ese certificado»
Aviso: podrían retirar las soluciones
El equipo detecta a los reincidentes y los revisa con lupa. Si el asunto sigue, la salida sería quitar las soluciones de los cursos o impedir reenviar una tarea después de descargarla. De momento es solo una advertencia lanzada en el podcast.
«no entregar la tarea, se descarga la solución y entrega la solución descargada»
Los expertos que corrigen al profesor
Gente que se declara experta, se apunta a un curso introductorio y lo usa para demostrar que sabe más que quien lo imparte. Su respuesta es invitarles a montar su propio curso y pelearse con la cámara, el micro y los apuntes.
«Conozco cosas, me gusta explicarlas, transmitirlas, pero no me llamo experto»
Los visionarios que encargan cursos por correo
Recibe peticiones semanales de cursos sobre tecnologías concretas. Rechaza muchas por dos motivos: hay compañeros que ya cubren ese terreno y hay temas que no se amortizan. Tres veces ha hecho caso a un estudiante y el curso no se ha vendido.
«crear un curso como los que creamos nosotros de 45 horas, son tres meses de trabajo»
El estrés de que el material caduque
En tecnología toca curso nuevo casi cada año, pero el curso corto de actualización vende mucho menos que el original de 40 o 60 horas. La pizarra acumula proyectos que quedarán obsoletos antes de grabarse.
«siempre estás innovando, siempre estás grabando, siempre estás creando contenido, siempre hay cambios»
Los correos fríos de vendedores de servicios
Cada mañana llegan dos o tres propuestas para hacerle crecer en YouTube, llevarle la publicidad o venderle bases de datos de correos, algo que él señala como ilegal. Si necesitara alguno de esos servicios, lo buscaría por su cuenta.
«es una fantástica forma de mandarlo a spam y no responderles en la vida»
Grabar dos veces la misma clase
Lo que más le quema, y por eso lo deja para el final. Graba del tirón e improvisando sobre siete renglones de notas; cuando un fallo técnico obliga a repetir, la segunda toma sale más rápida, más sosa y con menos ejemplos.
«es algo que influye muy negativamente en la calidad de mi producto»
El episodio, en profundidad
El capítulo 36 de Frogmación no es un tutorial ni una entrevista: es una lista de quejas. A Juan Gabriel Gomila llevaban tiempo pidiéndole por redes sociales que contara qué le gusta y qué no de dedicarse a la enseñanza online, y aquí despacha su top 7 de cosas que le queman, le repatean y quitaría de la ecuación si pudiera. Están ordenadas de menos a más, y la séptima es la que de verdad le hace perder los papeles.
1. Un curso no es una consultoría
La primera es un malentendido de base: quien compra un curso de desarrollo de aplicaciones para iOS y espera que el profesor le resuelva su aplicación, sus dudas y sus problemas. «Es un curso online con un temario, con unos temas, con unos vídeos», y las dudas tienen que girar en torno a esa materia. Él sí hace consultoría (hay empresas que le contratan para implementar algo o para valorar si algo se puede hacer o no), pero con sus horas y sus precios de consultoría, no dentro de un curso. El síntoma lo ve a diario en los comentarios de YouTube y en la propia plataforma: gente pidiéndole el correo para mandarle su idea y que se la revise. Su comparación es con la universidad: si preguntaras a tu profesor por algo que se sale de lo que él tiene que explicar, la respuesta sería la misma. «si quieres emprender oye, está perfecto, yo también he emprendido, pero las dudas de un curso online deberían ser exclusivamente del curso online».
2. Los listillos
En muchos cursos de Frogames Formación hay una tarea entregable y, al lado, su solución. Siempre aparece quien opta por «no entregar la tarea, se descarga la solución y entrega la solución descargada» como si fuera suya, a veces con el nombre del instructor todavía puesto arriba. La tarea se rechaza y se invalida, y como las certificaciones son blockchain la consecuencia es directa: «El curso no te servirá porque nosotros no podemos emitirte ese certificado». En otras plataformas, dice, el certificado era poco más que un PDF y el asunto pasaba de largo; aquí se lo toman más en serio, y quien reincide se revisa con lupa. Tanto María, que corrige las tareas, como el resto del equipo lo detectan: primer mensaje de advertencia, y a partir del segundo se ponen serios. El episodio incluye un aviso: si sigue pasando, retirarán las soluciones o bloquearán el reenvío de tareas una vez descargada la solución. De momento, solo es una advertencia lanzada en el podcast.
3. Los expertos
La tercera son los que se presentan como expertos y, aun así, se apuntan a un curso introductorio. No para aprender: para demostrar que saben más que el profesor, que esto no lo habrían explicado así, que aquello se explica mejor de otra forma. Su respuesta tiene dos partes. Primero el contraste personal: «Conozco cosas, me gusta explicarlas, transmitirlas, pero no me llamo experto». Y después la invitación, sin ironía: que monten ellos el curso y la plataforma, que se peleen con la cámara, el micro, los apuntes y los ejemplos, y que comprueben si la gente lo entiende y lo valora. Porque en un curso básico su prioridad es no perder a nadie por el camino, y eso tiene detrás unas estrategias que desde fuera no se ven.
4. Los visionarios
Cada semana le llegan correos encargándole cursos: GraphQL, React, Core Data, lo siguiente. Agradece las sugerencias, y reconoce que casi siempre vienen de gente que empatiza con los profes, pero si hiciera caso a todas la pizarra se le caería de la pared del peso. Hay dos frenos. Uno: que otros ya cubren esas tecnologías, y no compite con ellos. «tengo mi compañero Fernando Herrera, que ya se encarga de crear cursos de estas tecnologías y yo no piso su mercado». Dos: la cuenta económica. Ya le ha pasado tres veces de aceptar la recomendación de un estudiante y que el curso resultante fuera un desastre de ventas, un tema que le interesaba a quien lo pidió y a nadie más. «crear un curso como los que creamos nosotros de 45 horas, son tres meses de trabajo», tres meses a jornada completa grabando vídeos y creando materiales que hay que amortizar. Aunque en castellano haya poco material del tema, hay ideas que se rechazan por inviables.
5. El estrés de que todo caduque
El material tiene que mantenerse fresco y no volverse obsoleto, y en tecnología eso significa curso nuevo casi cada año. Lo hizo con la saga de iOS, versión tras versión. Ahí aparece la trampa: después de cursos de 40, 50 o 60 horas, el curso corto de actualización que sacó este año, de apenas diez, se vende bastante menos. «siempre estás innovando, siempre estás grabando, siempre estás creando contenido, siempre hay cambios». Su pizarra está llena de proyectos anotados y da por hecho que muchos ni los grabará, porque para cuando les llegue el turno ya habrán pasado de moda. Quedan decenas de temáticas que completarían rutas como la de videojuegos o la de trading algorítmico y que no va a poder cubrir.
6. Los vendedores de servicios en frío
Ser una figura pública trae su propia bandeja de entrada: te colocamos en el número uno de YouTube, te traemos ventas, te gestionamos el equipo, te llevamos el marketing de Facebook o de Google, te consigo el equipo de tu vida para escalar el negocio, te vendo una base de datos de correos electrónicos (cosa que, apunta, es ilegal). «cada mañana cuando me levanto hay dos o tres correos de estas características». Su veredicto sobre el email frío de alguien que no conoce de nada y que le explica dónde puede mejorar: «es una fantástica forma de mandarlo a spam y no responderles en la vida». Si algún día necesita invertir en publicidad o escalar, dice, buscará él la agencia y pedirá recomendaciones. Y le sorprende que lleguen tantos, porque eso solo puede significar que alguien pica.
7. Grabar dos veces la misma clase
La deja para el final no porque sea la que menos odia, sino porque la considera la más importante. Graba del tirón, sin cortes ni escenas empalmadas, directo a cámara y apoyándose en unas notas mínimas: para este episodio de veinte minutos, siete renglones. Lo que se oye es improvisación sobre un guion de siete palabras. Cuando un fallo técnico se lleva una toma (cámara desconectada, un corte de luz, la memoria llena, un fotograma congelado, un error al procesar el archivo) hay que repetir. Ocurre en «uno de cada 200 vídeos», más o menos una vez al mes.
tener que grabar algo dos veces, me jode un montón, pero un montón, un montón, un montón
Y lo peor no es el tiempo perdido. Es que la segunda toma sale peor: vas al doble de prisa, el vídeo de veinte minutos se queda en diez, te saltas ejemplos y das por sabido lo que la primera vez explicabas dando dos o tres vueltas para que quedara grabado. «es algo que influye muy negativamente en la calidad de mi producto». Tan claro lo tiene que, antes de una grabación en Bogotá con un equipo externo, avisó por delante de que no le hicieran repetir tomas. Cuando el técnico perdió unos minutos de audio del primer día, el equipo no sabía ni cómo contárselo.
El episodio se cierra devolviendo la pregunta: si tú también grabas vídeos o te dedicas a la infoproducción, ¿qué es lo que no soportas de crear contenido? La idea es juntar esa lista con la suya.
Lo que te llevas
- Un curso online cubre un temario cerrado: las dudas que no van de ese temario son consultoría, y la consultoría se cobra aparte.
- Entregar la solución descargada como tarea propia invalida la entrega y, con certificaciones blockchain de por medio, deja sin certificado.
- Si sigue habiendo entregas fraudulentas, la plataforma se plantea retirar las soluciones o impedir reenviar una tarea ya entregada.
- Crear un curso de 45 horas son tres meses a jornada completa: por eso las peticiones de temas sin mercado se rechazan por inviables.
- Los cursos cortos de actualización anual se venden mucho peor que el curso original largo, aunque el contenido sea imprescindible.
- Repetir una grabación no cuesta solo tiempo: la segunda toma sale más rápida y con menos ejemplos, y baja la calidad del curso.