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Momentos clave
En el episodio 78, grabado en el salón de casa y con COVID, Juan Gabriel Gomila cuenta de primera mano el chantaje que vivió ese verano: fotos y vídeos sexuales falsos, montados con su cara, y la amenaza de mandárselos a sus estudiantes y a su familia si no pagaba. Cuenta también el error que cometió, lo que le dijeron en la comisaría y por qué decidió contarlo en público en lugar de esconderse.
La conversación que se puso oscura
En agosto le escribe alguien que se presenta como estudiante. La charla deriva a la inteligencia artificial y las redes neuronales, y acaba en si esas herramientas sirven para chantajear sin que te pillen. Corta la conversación de raíz.
«quería saber si estas herramientas se podían utilizar de forma malevola para intentar chantajear»
El chantaje entra por Telegram
Dos días después, otro perfil le escribe exigiendo dinero por PayPal a cambio de no difundir material comprometido entre sus contactos, amigos y familiares. Los archivos que le manda son falsos: su cara sobre el cuerpo de otra persona.
«tengo fotos tuyas comprometidas, tengo vídeos tuyos comprometidos»
El montaje que no se ve
Él sabe que no es su cuerpo, pero reconoce que el montaje no tenía costuras visibles, ni en las fotos ni en los vídeos. Sus seguidores en redes no habrían tenido forma de distinguirlo.
«yo no fui capaz de detectar una fiscura entre lo que era mi cara, y lo que era el cuerpo de la otra persona»
Pagar fue el error
Paga cincuenta dólares por PayPal para quitárselo de encima y consigue justo lo contrario. Suben las amenazas, llegan más archivos falsos y la cifra que le piden crece.
«a la que hubo hecho la transferencia las amenazas incrementaron de calibre»
Llamadas hasta la madrugada
El chantaje empieza un sábado a las seis de la tarde y a medianoche son llamadas constantes por Telegram, WhatsApp e Instagram. Apaga el móvil y lo aparta; al día siguiente tiene unas cincuenta llamadas perdidas.
«bloqueé el móvil, lo tiré por ahí, pase de él»
La puesta en escena del miedo
Le envían una captura con diez de sus seguidores de Facebook y otra con el chat abierto sobre tres o cuatro de ellos, como si ya les hubieran mandado las imágenes. También reutilizan fotos públicas suyas. Nada de eso llegó a publicarse.
«hicieron una captura de pantalla de 10 de mis seguidores en Facebook»
En comisaría era el quinto del día
Denuncia en la Policía Nacional y le dicen que ese mismo día ya han atendido cuatro casos iguales, y que lleva siendo la tónica todo el verano. Lo que buscan es dinero: difundir imágenes falsas no les reporta nada.
«me comentaron que no era el primero que iba, que de hecho era el quinto que asistía con este tema»
No pagar, bloquear y denunciar
Las dos reglas que saca de la experiencia, más la tercera implícita. Pagar solo sube la apuesta; bloquear corta la interacción y evita comerse la cabeza; denunciar es lo único que abre alguna posibilidad de que los cojan.
«lo primero que nunca hay que hacer es pagar porque a la que pagas te van a pedir más dinero y va a incrementar la extorsión»
El episodio, en profundidad
El episodio 78 de Frogmación no se grabó en el despacho de siempre. Juan Gabriel Gomila lo grabó en el salón de casa, con COVID y con la voz medio ida, porque quería contar cuanto antes lo que le había pasado ese verano: durante semanas le chantajearon con fotos y vídeos sexuales que no eran suyos, montados con su cara sobre el cuerpo de otra persona, y con la amenaza de mandárselos a sus estudiantes, a su empresa, a su familia y a sus contactos si no pagaba.
Arranca con una imagen que luego repite dos veces: «un cuchillo no es bueno ni malo», depende de quién lo empuñe. Y esa es la incomodidad del episodio, porque las herramientas que usaron contra él son las que él enseña.
Una conversación de estudiante que se torció
Fue en agosto, de vacaciones, en el sofá. Le escribió alguien que se presentó como estudiante. Nada raro: mucha gente le escribe por redes sociales. La conversación derivó hacia la inteligencia artificial, las redes neuronales y las herramientas de IA generativa que habían aparecido ese último año.
Y a partir de ahí se puso oscura. La persona al otro lado «quería saber si estas herramientas se podían utilizar de forma malevola para intentar chantajear», y sobre todo si había manera de que no le pillaran. En cuanto la conversación tomó ese rumbo, la cortó de raíz. Nunca ha sabido si aquello tuvo algo que ver con lo que vino después: como él mismo dice, «nunca sabré si fue esa misma persona, o no».
Dos días después: "tengo fotos tuyas"
El primer mensaje llegó por Telegram, desde otro perfil: «tengo fotos tuyas comprometidas, tengo vídeos tuyos comprometidos». Si no pagaba una cantidad por PayPal, los difundiría entre sus contactos, sus amigos y su familia.
Lo primero que hizo fue dudar de sí mismo: pensar si en alguna fiesta, con unas copas de más, alguien le había sacado alguna foto. No era el caso. Entonces empezaron a llegar los archivos, y el material era una falsificación hecha con inteligencia artificial: su cara, el cuerpo de otro. Él lo detectó porque conocía su propio cuerpo. Pero deja claro el problema de fondo: el resto de sus seguidores en redes sociales no tenía forma de saberlo, y él mismo reconoce que la costura no se veía. «yo no fui capaz de detectar una fiscura entre lo que era mi cara, y lo que era el cuerpo de la otra persona», dice, ni en las fotos ni en los vídeos.
El error: pagar
Pagó. Cincuenta dólares por PayPal para quitárselo de encima. Y lo cuenta sin adornarlo, como el fallo que fue, porque el efecto fue exactamente el contrario del que buscaba: «a la que hubo hecho la transferencia las amenazas incrementaron de calibre».
El chantaje subió de nivel en todos los ejes a la vez. Aparecieron amenazas nuevas —«voy a escribir a todas la gente de tu empresa», a los estudiantes, a quien le siguiera en los cursos—, llegaron más vídeos y más fotos falsas, y la cifra que pedían siguió subiendo. Cuando bloqueó ese perfil, salieron otros: distintas cuentas, distintas redes, distintos canales. Su nombre no es difícil de encontrar.
La noche larga
El chantaje empezó un sábado sobre las seis de la tarde. A las doce de la noche eran llamadas constantes por Telegram, por WhatsApp y por Instagram exigiendo el pago. Al final hizo lo único sensato: «bloqueé el móvil, lo tiré por ahí, pase de él». Al día siguiente tenía alrededor de cincuenta llamadas perdidas.
La parte que más impresiona es el trabajo de puesta en escena. Le mandaron una captura de pantalla con diez de sus seguidores de Facebook y otra con el chat abierto sobre tres o cuatro de esas personas, como si ya les hubieran enviado las fotos, con el texto del escándalo incluido. También reutilizaron fotos suyas públicas: en el podcast cuenta el caso de una foto en bicicleta, con el mismo maillot y sin la parte de abajo. Nada de eso llegó a publicarse nunca.
La denuncia: era el quinto de ese día
Al ver que en redes no aparecía nada y que ningún contacto le había escrito, entendió que era un timo. Pero las llamadas y los envíos no paraban, así que fue a la Policía Nacional a poner una denuncia. En el podcast dice expresamente que no la va a enseñar ni a leer en detalle.
Lo que sí cuenta es lo que le dijeron allí, y es el dato más útil de todo el episodio: «me comentaron que no era el primero que iba, que de hecho era el quinto que asistía con este tema» ese mismo día, y que llevaba siendo la tónica todo el verano. Le explicaron que lo que quieren es dinero: publicar unas fotos que además son falsas no les da nada. También que es muy difícil pillarlos, porque el rastro se iba fuera de España —Filipinas, dice él, aunque lo deja en un «creo recordar»—.
Después de denunciar volvieron a contactarle varias veces más, por medios y cuentas distintas, con insultos y con amenazas contra él, su familia, sus amigos y su negocio. Incluso por correo electrónico, con un plazo de veinticuatro horas para contestar.
Las dos reglas
De todo aquello saca dos consejos concretos, y los da como quien ya ha pagado por aprenderlos. El primero: «lo primero que nunca hay que hacer es pagar porque a la que pagas te van a pedir más dinero y va a incrementar la extorsión». El segundo: «bloquear directamente para evitar cualquier tipo de interacción» y no darle vueltas en la cabeza. Y el tercero, implícito en toda la historia: denunciar, en la policía o en la guardia civil, para que exista alguna posibilidad de que los cojan.
El cuchillo, otra vez
La reflexión final es la que le costó decidir si publicaba el episodio o no. «las herramientas que usaron para hacer esto, son las mismas que enseño yo en mis cursos»: modelos de lenguaje, redes neuronales, IA creativa capaz de coger una foto y repintarla con el estilo de un pintor. Él lo formula sin escaparse por la tangente: «Las herramientas que yo enseño no son herramientas buenas ni son herramientas malas».
Hay un detalle que apunta a que esto es un negocio industrializado más que un ataque personal: el primer contacto fue en castellano, pero «el resto de los extorsionadores, todos se comunicaron en inglés», salvo un momento de castellano chapurreado que parecía salido de un traductor automático.
Y termina con el motivo de contarlo en público, que es también su respuesta a la vergüenza que hace que la mayoría de las víctimas se callen: «el que ha hecho el daño, no soy yo, han sido ellos». De ahí el cierre: «las nuevas tecnologías están para hacer el bien o para hacer el mal, yo siempre espero que la gente que las aprende conmigo sea para hacer el bien».
Lo que te llevas
- Pagar es el peor movimiento posible: en cuanto hizo la transferencia, las amenazas y las cifras subieron de golpe.
- El material era falso y aun así indistinguible a simple vista: ni él mismo veía la unión entre su cara y el cuerpo de otra persona.
- El chantaje no es un caso aislado. En comisaría le dijeron que era el quinto denunciante de ese mismo día y que llevaba siendo la tónica todo el verano.
- Estos extorsionadores quieren dinero, no escándalo: publicar unas imágenes que además son falsas no les aporta nada.
- Bloquear y no interactuar es la respuesta correcta, aunque salgan perfiles nuevos en otras redes y otros canales.
- Denunciar en la policía o en la guardia civil es lo único que abre la puerta a que los identifiquen, por difícil que sea si el rastro sale del país.
- La víctima no tiene por qué esconderse: el daño lo hace quien chantajea, no quien lo sufre.