Volumen 085 · Frogmación Podcast

Entrevista a Alberto Valls - Las batallas contra el pirata para aprender a programar

Por Juan Gabriel Gomila • • 111 min de audio

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Episodio 085: Entrevista a Alberto Valls - Las batallas contra el pirata para aprender a programar

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Momentos clave

Alberto Valls lleva la producción de Mopatex, una fábrica valenciana de artículos de limpieza, y se metió a aprender Python por una apuesta con su hijo. El curso lo derrotó, se pasó a Power BI y a SQL, y con eso dejó de depender del informático de la empresa. Casi hora y cuarenta de conversación sobre por qué un directivo tiene que entender la tecnología aunque nunca vaya a vivir de ella.

La escoba como primer sueldo

Su padre lo metió en la fábrica cuando pasaba de estudiar, y no precisamente de encargado. Cargar y descargar camiones y barrer la nave fue su primer trabajo. Reconoce que pensaba que llegaba de señorito y que la realidad fue otra.

«me dieron una escoba nunca mejor dicho y lo primero que fue pues barrarla empresa se fue mi primer trabajo»

Estudiar, pero con dos condiciones

Cuando pidió volver a estudiar, el consejo de administración le puso un trato: estudiaría lo que la empresa necesitara y no podía suspender, porque los veranos eran para las prácticas en fábrica.

«la otra condición es que no podía suspender sea que en junio tenía que estar aprobado porque durante el verano tenía que hacer las prácticas en la empresa»

El año que le dieron la empresa

En el año 2000 pasó a dirigir la empresa y descubrió que lo estudiado hasta entonces le servía de poco. El estrés le llevó a buscar ayuda profesional para aprender a enfocar, planificar y decir que no.

«el nivel de estrés y de ansiedad era tan grande, que decidí tener un coach y me ayudara»

El abismo entre el aula y la fábrica

Un chaval en prácticas sabía fresar, soldar y distinguir tipos de cilindros, pero se quedaba mirando la máquina sin saber por dónde empezar. La teoría acelera el arranque, pero no sustituye a pisar el sitio.

«al final lo que es la realidad de la empresa, hasta que no la pisa, la que no te puedes trabajar, hasta que no la ves, hasta que no la vives, no tiene nada que ver con el que te han explicado»

Aprender para que no te engañen

Su motivación para programar no es cambiar de oficio. Es poder sentarse delante del informático de la empresa o de un presupuesto y entender de qué le hablan, sin pretender tener el nivel del profesional que tiene enfrente.

«es que no quiero que me engañen. O sea, el quito sentame con el informático, no sabe de programar, no tendré su nivel, porque su trabajo y eso, pero no me engañen»

La derrota contra el Piratilla

El curso de Python le ganó la partida. No por malo, sino porque exige una concentración que su agenda no siempre le deja. Llegó a preguntarse en voz alta si a esas alturas todavía se puede aprender a programar.

«necesitas concentración máxima para que es un curso duro, es un curso muy duro, a ver si todo iba bien, hasta que dejo de ir, a ver si puede aprender si con 51 años»

Power BI: quince días que fueron cuatro

Con el cambio de sistema informático de la empresa se quedó sin la información que necesitaba. Alguien le habló de Power BI en un directo, hizo el curso de quince días y tardó cuatro meses. Hoy es uno de los programas que más usa.

«La verdad es que después de cuatro meses, si, bueno, tú puedes de quinte días, pero son mentiras»

El espejismo del inglés de bachillerato

La analogía que cierra el argumento: saber conjugar verbos no es saber inglés, igual que conocer la sintaxis no es saber programar. La prueba llega cuando tienes que defenderte de verdad.

«la gente, cuando acaba el segundo de bachillerato, se creen que saben inglés, porque han hecho inglés muchos años de su vida, y saben todos los sujetos, saben conjual los verbos en chorrocientos mil tiempos verbales, saben un montónazo de cosas»

El episodio, en profundidad

Alberto Valls es jefe de producción de Mopatex, la fábrica de fregonas y artículos de limpieza que su familia dirige en Valencia. Medio centenar de familias comen de ahí y exportan a Francia, México y Centroamérica, donde la fregona ni siquiera se llama fregona. Nada de eso tiene que ver con la programación, y sin embargo Alberto lleva un par de años peleándose con Python porque quería hablar el mismo idioma que sus hijos. Es el episodio más largo de la temporada, casi hora y cuarenta.

Empezó con una escoba, y era un castigo

Alberto admite sin rodeos que no fue buen estudiante, así que su padre lo metió en la fábrica. No de señorito: a cargar y descargar camiones con quince o dieciséis años, cosas que hoy la ley ya no permite. Le dieron una escoba y su primer trabajo fue barrer la empresa. Funcionó: cuando vio que sus amigos se iban de vacaciones en verano y él seguía allí, se sentó con el consejo de administración y pidió estudiar.

Le pusieron dos condiciones, y las dos importan. La primera, que estudiaría lo que la empresa necesitara. La segunda, que no podía suspender: en junio tenía que estar todo aprobado, porque el verano era para las prácticas en fábrica. Fueron cinco años de formación profesional de la rama textil y dos más de grado superior. Quería ingeniería mecánica, pero el sistema de acceso de la época no se lo permitió, así que acabó formándose en gestión y dirección.

El año que le dieron la empresa y contrató a un coach

En el año 2000 le dieron la oportunidad de llevar la empresa, y ahí descubrió que todo lo aprendido hasta entonces servía para poco. El nivel de estrés fue tal que tomó una decisión que sigue defendiendo hoy: buscar ayuda profesional para aprender a enfocar, a planificar, a filtrar llamadas y, sobre todo, a decir que no.

De ahí sale una de las ideas que atraviesan la conversación: la distancia entre lo que se enseña y lo que hace falta en una empresa. Alberto lo ejemplifica con un chaval en prácticas que sabía fresar, soldar y distinguir un cilindro neumático de uno mecánico, pero se quedaba mirando dentro de la máquina sin saber por dónde entrar. La teoría da la visión general, dice, pero es como el fútbol: hasta que no das la primera patada no sabes lo que mide un campo.

Programar para que no te engañen

Aquí está el corazón del episodio. Alberto no aprende a programar para cambiar de oficio, sino para no sentarse delante del informático de la empresa, o de un presupuesto, sin entender de qué le hablan. No aspira al nivel del profesional que tiene enfrente: aspira a que no le cuelen nada. Es el mismo criterio con el que educa a sus hijos.

La entrada fue una apuesta con su hijo, que estudia una ingeniería y ya venía entrenado en pensar como una máquina. Empezó con el curso completo de Python de la A a la Z cuando todavía estaba en Udemy, y se quedó de piedra cuando el curso se trasladó a la plataforma propia de Frogames Formación sin cobrarle nada por el cambio. Cuenta también el choque de pasar de diez euros por un curso a noventa, y por qué dejó de parecerle caro al descubrir que al otro lado había soporte, orientación y una ruta que le decía adónde ir después.

El Piratilla le ganó la partida

Y entonces llegó el muro. El personaje que acompaña el curso de Python, el famoso Piratilla, se convirtió en su némesis. No es que el curso esté mal: exige una concentración máxima que un jefe de producción con la agenda llena no siempre puede darle. Se atascó y llegó a dudar de si se puede aprender a programar a los cincuenta y uno. La respuesta del episodio es que sí, pero no en el plazo que uno se imagina: Juan Gabriel Gomila reconoce que él no se consideró buen programador hasta cinco o seis años después de empezar, y que mirar tu propio código de hace dos meses y querer reescribirlo entero es la definición literal de aprender a programar. Fue María quien animó a Alberto a no tirar la toalla, y la salida vino por otro lado.

Power BI y SQL: el desvío que sí funcionó

La empresa estaba en pleno cambio de sistema informático, un proceso todavía en marcha que Alberto describe como muy duro: unir producción, almacén y logística. En medio de eso el programa no le daba la información que necesitaba. En uno de los directos mensuales de Frogames alguien le habló de Power BI, hizo el curso de Power BI en 15 días y tardó cuatro meses en terminarlo. Él mismo se ríe del título, y aun así hoy es uno de los programas que más usa.

Por el camino tuvo que aprender SQL para llegar a la base de datos, y ahí aparece el aviso más práctico del episodio: se ataca siempre contra una copia de solo lectura, nunca contra producción. Juan Gabriel lo remata confesando que en su etapa en una empresa de videojuegos le dejó escrito un borrado de base de datos a un becario que se iba al baño sin bloquear la pantalla: los juegos estuvieron parados dos horas hasta el rollback.

El resultado para Alberto no es técnico, es de autonomía. Se monta sus propios paneles, saca la información como la quiere y deja de esperar dos o tres días a que alguien encuentre un hueco para atenderle.

El espejismo del inglés de bachillerato

La mejor analogía la pone Juan Gabriel: mucha gente sale de bachillerato convencida de que sabe inglés porque lleva años dándolo y sabe conjugar verbos en mil tiempos verbales, y luego no aguanta diez minutos de entrevista de trabajo. Alberto lo confirma desde el otro extremo: su inglés lo ha construido viajando y saliendo del apuro. Con la programación pasa igual: puedes conocer la sintaxis y seguir sin ser capaz de leer un ejercicio ajeno y entender qué hace.

Treinta y cinco años de tecnología vistos desde una fábrica

El tramo final repasa lo que ha cambiado sin que nadie se diera cuenta. El ordenador que ocupaba una habitación entera, con discos que el informático manipulaba con guantes, frente al rack con cuatro discos duros de ahora. Los pedidos que se preparaban a mano y el sistema que hoy dicta al operario el recorrido óptimo por el almacén. El correo en la Blackberry, que tenía un techo, y el salto que supuso el iPhone. Y el papel: en su empresa ya no hay archivo físico. En 2019 se metió cuarenta y dos viajes, y el Zoom no lo vive como pérdida de calidad sino como oxígeno. Su resumen de la pandemia es que la tecnología envejeció cinco años de golpe.

Lo que deja pendiente

Alberto no quiere que sus hijos entren en la fábrica sin haber trabajado antes fuera: que se labren su camino y vuelvan con un currículum propio y no con un apellido. Cierra recomendando un libro de estrategia con más de dos mil años a las espaldas y una trilogía de cine sobre una familia que, en el fondo, va de cómo se lleva un negocio. La conversación se quedó corta y quedó apalabrada una segunda parte.

Lo que te llevas

  • Aprender a programar no siempre sirve para cambiar de oficio: para un directivo puede servir simplemente para no depender de nadie y no tragarse un presupuesto sin entenderlo.
  • Atascarse en un curso duro no significa fracasar. Alberto se quedó bloqueado con Python y encontró resultados inmediatos por otro camino, Power BI y SQL, sin abandonar el primero.
  • Los títulos de los cursos mienten con los plazos: el curso de Power BI en 15 días le llevó cuatro meses porque un adulto con empresa no le dedica ocho horas al día.
  • Contra la base de datos de producción no se ataca nunca: réplica de solo lectura, aunque cueste dinero. Un borrado mal lanzado deja el negocio parado.
  • La distancia entre la formación reglada y la empresa no se cierra con más teoría, sino pisando el sitio: la práctica en fábrica enseña lo que ningún temario general puede.
  • Segunda generación no es enchufe: empezar barriendo y conocer todos los puestos es lo que después te permite decidir sin que nadie te venda humo.

Enlaces del episodio

¿Quieres aprender esto en serio?

El curso del que se habla en este episodio: Curso completo de Python de la A a la Z.