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Momentos clave
Especial del 8 de marzo con Ana Jiménez, que conecta desde Dubái. Habla de por qué para ella el Día de la Mujer no debería hacer falta, de dónde pone la línea entre el piropo y la falta de respeto, y de por qué el feminismo radical le parece que resta. Todo lo que se cuenta aquí es su punto de vista, y ella lo repite varias veces.
Por qué existe el Día de la Mujer
Ana responde a la pregunta de por qué hay un día de la mujer y no uno del hombre dándole la vuelta: preferiría que no hiciera falta. Si existe, dice, es porque todavía hay injusticias y porque hay momentos en los que le parece que se retrocede.
«para mí, ojalá no hubiera día de la mujer»
La manifestación como unión, no competencia
Para ella el día significa recordar derechos y sentirse unidas. Cuenta que se emociona en las manifestaciones y que le sirven para desmontar la idea de que las mujeres se critican entre sí, que considera una mentira vendida.
«yo veo unión, yo me emociono»
Dubái frente a España, según su experiencia
Vive en Dubái y dice sentirse más segura allí de lo que se siente en España, en contra de lo que le habían advertido antes de irse. Es su vivencia personal y así la presenta, no un dato.
«me siento yo mucho más segura en esta ciudad»
Dónde acaba el piropo y empieza el irrespeto
Ana distingue entre que le digan guapa, que no le molesta, y el comentario que le rompe la sensación de seguridad. Su criterio es el respeto, y pide pensar cualquier situación con los papeles cambiados.
«a mí me gusta sentirme guapa»
La trampa de decir que ayuda en casa
Señala una frase que dice todo el mundo y que a ella misma se le escapaba. La casa no es responsabilidad de ella, así que él no le ayuda a ella: colabora en algo que también es suyo. Lo mismo con el gesto de ponerle la cuenta al hombre.
«mi marido me ayuda mucho en casa»
El feminismo radical no la representa
Sitúa el feminismo radical en el extremo opuesto al machismo y sostiene que hace más daño que otra cosa porque mete a todas en el mismo saco. Pone el ejemplo del discurso de no depilarse: ella lo hace porque quiere, y eso para ella es la libertad.
«no me representan ese feminismo»
Denuncias falsas y las víctimas de verdad
Ante dos casos de aprovechamiento que cuenta Juan Gabriel, Ana responde que quien hace eso es mala persona y no representa a nadie. Cuenta que ella sufrió maltrato físico y psicológico, y que por eso le duele: cuando la sospecha se generaliza, a la que le pasa de verdad se le pone en duda.
«tenemos que ser muy empáticas con las personas que realmente lo sufren»
Deepfakes, adolescentes y extorsión
Ana dice que le da pánico lo que se puede hacer con una foto de su hija. Juan Gabriel cuenta que a él lo extorsionaron ese verano con un vídeo falso montado con una foto suya, y traslada el problema a quien todavía no tiene capacidad crítica para encajarlo.
«a mí este verano me extorsionaron de esa forma»
El episodio, en profundidad
El 8 de marzo de 2024 el podcast se salió de su horario habitual y publicó en viernes. Juan Gabriel Gomila avisa desde el principio de que este tema no lo iba a contar él: lo cuenta Ana Jiménez, que conecta desde Dubái. Hablan de una sola cosa: qué entiende ella por feminismo y qué cree que lo está estropeando. Y lo dejan claro de entrada: es su punto de vista, no el de todas las mujeres.
Por qué sigue habiendo un Día de la Mujer
La primera pregunta es la previsible: por qué hay un día de la mujer y no uno del hombre. La respuesta de Ana le da la vuelta: «para mí, ojalá no hubiera día de la mujer». Si existe, dice, es porque siguen existiendo injusticias y porque hay momentos en los que le parece que se va hacia atrás. Para ella el día significa recordar derechos y, sobre todo, unión: se emociona en las manifestaciones y le sirven para desmontar la idea de que las mujeres compiten entre sí. «yo veo unión, yo me emociono», resume. Añade un motivo personal, que es madre de una hija, y apunta que el machismo no es solo cosa de hombres: también hay mujeres machistas.
ojalá que algún día no tengamos que celebrar el día de la mujer
Dubái, la minifalda y la seguridad que se siente
Ana vive en Dubái y desmonta lo que ella misma esperaba encontrarse. Le habían avisado de que tuviera cuidado con darle un beso a su marido o ir de la mano por la calle, y su experiencia ha sido otra: «me siento yo mucho más segura en esta ciudad». Sobre el pañuelo, su lectura es que quien no quiere ponérselo no se lo pone. El contraste le sale con España: allí, con una minifalda de madrugada, dice que siente miedo. Y lo que la indigna no es la ropa, sino la pregunta que sigue apareciendo, la de qué esperabas vestida así. Es su vivencia, no un dato.
Piropos y reguetón: dónde pone ella la línea
Juan Gabriel saca el tópico del obrero que le grita a una chica por la calle, y Ana matiza. Distingue entre el piropo y la falta de respeto: que le digan guapa no le molesta, «a mí me gusta sentirme guapa», siempre que haya respeto; lo que sí le parece una falta de respeto es lo que va más allá y le rompe la sensación de seguridad. Y pide pensarlo al revés, con los papeles cambiados. Con el reguetón es más tajante: le encanta el ritmo y lo baila, pero cuando una canción falta al respeto a una mujer, para ella juega en contra. Cree que las letras han cambiado algo desde que se critican tanto, aunque sigan siendo lo que escuchan chavales de diez, quince y veinte años.
«Mi marido me ayuda mucho en casa»
El pasaje más concreto del episodio es el del vocabulario. Ana cuenta que ella misma tardó en darse cuenta de una frase que dice todo el mundo: «mi marido me ayuda mucho en casa». Su objeción es que la casa no es responsabilidad suya, así que él no le ayuda a ella: colabora en algo que también es suyo. Lo mismo con el gesto de ponerle la cuenta al hombre cuando quien la ha pedido es ella. Sobre abrirle la puerta a una mujer, que a Juan Gabriel le han afeado en España, ella es rotunda: si es con respeto, le encanta que la cuiden, y quien contesta mal a eso le parece un impertinente.
El feminismo radical, según ella
Aquí es donde marca distancias. En el extremo opuesto al machismo sitúa el feminismo radical —al que en el episodio llaman también feminazismo— y sostiene que hace más daño que otra cosa, porque mete a todas en el mismo saco. «no me representan ese feminismo», dice, y pone el ejemplo del discurso de no depilarse: ella se depila porque quiere y porque se siente mejor, y le molesta que eso se convierta en requisito cuando lo que defiende es libertad. Su definición es la contraria: igualdad, respeto y remar todos hacia el mismo lado. «es un tema de no luchar contra vosotros», le dice a Juan Gabriel; lo que pide es que los hombres estén donde ellas no llegan, en el partido de fútbol o en las cañas con los colegas, cuando salta el comentario.
Denuncias falsas y víctimas reales
Juan Gabriel cuenta dos casos que conoce: una mujer que denunció a su marido un viernes, de modo que pasara el fin de semana en el calabozo, y retiró la denuncia el lunes; y un profesor apartado de la docencia por unas denuncias que, al revisarse la investigación, se quedaron sin declaración de las alumnas. Ana no lo relativiza: quien hace eso es mala persona, y no la representa a ella ni al feminismo. Y entonces cuenta lo suyo, que tardó años en contar porque no quería que su historia acabara siendo un recurso de venta de su negocio: sufrió maltrato físico y psicológico. «me han escupido, me han tirado una escalera». Por eso le duele el aprovechamiento: «tenemos que ser muy empáticas con las personas que realmente lo sufren», porque cuando la sospecha se generaliza, a la que le pasa de verdad se le pone en duda.
Deepfakes: el miedo nuevo
El tramo más incómodo llega con la inteligencia artificial. Ana dice que le da pánico lo que hoy se puede hacer con una foto de su hija. Juan Gabriel responde con algo que ya había contado en un episodio anterior de la temporada: «a mí este verano me extorsionaron de esa forma». Cogieron una foto suya, montaron un vídeo falso y le amenazaron con publicarlo en redes. Su conclusión no va sobre él, va sobre los adolescentes: quien todavía no tiene capacidad crítica ni templanza para frenar eso está mucho más expuesto.
Juguetes, carreras y quién educa
Juan Gabriel pone los números de su terreno: en informática y programación calcula un 85% de hombres frente a un 15% de mujeres, con un repunte pequeño que nota en los cursos online, y en enfermería lo contrario. Ana cree que hombres y mujeres somos distintos por naturaleza —«por naturaleza somos diferente»— y que eso empuja hacia gustos distintos, aunque insiste en que todos tenemos parte masculina y parte femenina y en que es su opinión personal. Donde sí ve barrera es en el trato: la arquitecta que le está haciendo la casa, «en un sector tan masculino» como la construcción, acaba llorando. Sobre dónde se educa esto lo tiene claro: en casa antes que en el colegio, porque llevarlo al aula le parece que puede hacer más patente la desigualdad. Juan Gabriel cuenta el caso contrario, el de niños de primaria a los que se advierte de que los hombres son más fuertes, que a él le suena a castigo por ser chico. Ella lo resume en tres pilares —el colegio, «es el pilar de casa y es el pilar de la sociedad»— y en no capar la información, sino educar en valores para que tengan criterio.
Machos Alfa y el humor como vía
Cierran con la serie de Netflix Machos Alfa, que Ana ha empezado a ver. A los dos les parece que funciona porque enseña machismos cotidianos y los deja en evidencia sin agresividad: «lo enfocan con un tono de humor que entra mucho más suave». De ahí pasan a La isla de las tentaciones y a los programas de tronistas, que ven como entretenimiento y no como meta en la vida. El cierre es el del principio: ojalá el año que viene no haga falta esta conversación, sabiendo los dos que no es cosa de un año ni de una generación.
Lo que te llevas
- Para Ana Jiménez el feminismo es igualdad y respeto, y remar todos en la misma dirección: no una lucha contra los hombres.
- Su criterio para juzgar un piropo, una canción o que te abran la puerta es siempre el mismo: si hay respeto detrás o no.
- El lenguaje cotidiano delata el reparto real: decir que la pareja ayuda en casa da por hecho que la casa es responsabilidad de ella.
- Sostiene que el feminismo radical resta, porque mete a todas en el mismo saco y aleja a quien podría acompañar.
- Quien se aprovecha de una denuncia falsa perjudica sobre todo a las víctimas reales, a las que después se pone en duda.
- Cree que la educación se juega en casa más que en el colegio, con tres pilares: casa, colegio y sociedad.
- La inteligencia artificial ha abierto un frente nuevo de extorsión con vídeos falsos, especialmente peligroso con adolescentes.