Momentos clave
Un episodio grabado fuera del estudio: en el salón de Yuleysi Ramírez, en Palma, mientras a Juan Gabriel Gomila le hacen manicura, pedicura y cejas en directo. Sales sabiendo qué es la micropigmentación y qué no, cómo se trabaja una ceja de hombre y por qué el tabú de la estética masculina se está cayendo.
Una entrevista con las manos ocupadas
El podcast sale del estudio y se graba en el salón de la invitada, en Palma. Ella trabaja mientras responde: manicura, pedicura y arreglo de cejas al presentador, sin cortes ni repeticiones.
De Cuba a Mallorca con veintiún años
Criada por sus abuelos, estudió comercio en la escuela de economía pero empezó con las uñas a los doce. Llegó a España a los veintiuno y trabajó un año para pagarse un curso, porque en Cuba usaba acrílico y aquí se trabajaba el gel.
«pero yo siempre desde pequeña lo tenía claro lo que quería hacer»
Manchester, la vuelta forzada y el microblading
En un centro de estética avanzada de Manchester aprendió cejas y pestañas. Perdió el permiso para quedarse en Inglaterra y volvió a Palma embarazada de siete meses; allí retomó las uñas y acabó enganchada al microblading.
«que estaba embarazada de siete meses y aún así, pues ya me tuve que ir»
Micropigmentación no es un tatuaje
Explica la diferencia técnica: se trabaja entre las dos primeras capas de la piel y con pigmentos más diluidos. De ahí que dure unos dos años según el tipo de piel y el cuidado, con el protector solar por delante.
«no es un tatuaje, porque la piel tiene tres capas, la dermis, la epidermis y la hipodermis»
El tabú de que un hombre se cuide
La mayoría de cejas de hombre que hace son maridos de sus clientas. Para ella el estigma es puro anacronismo y el mismo que arrastran el yoga o la micropigmentación capilar que se hizo su marido.
«los tiempos han cambiado y los chicos se están empezando a cuidar»
La raya rapada en la ceja, un crimen
En una ceja masculina limpia debajo y recorta los pelos largos, pero nunca toca el grosor. Y avisa contra la rayita rapada de moda entre los chicos jóvenes: el folículo puede no volver a dar pelo.
«yo te voy a cortar el trozo de ceja, pero esto para mí es un crimen, porque es que luego el pelo no va a salir igual»
Campeonatos, higiene y formarse cada seis meses
Quedó cuarta por un par de puntos en su último campeonato y se vuelve a presentar. Insiste en el curso higiénico-sanitario, las vacunas y el material esterilizado como condición para tocar una piel.
«Hay que ver bien a los sitios donde uno va porque a veces el cliente no tiene información»
Volver a Cuba con ocho maletas
Viaja cada año con sus hijos cargada de comida y medicinas, y cuenta cómo le retiraron la libreta de abastecimiento al emigrar. Recomienda Trinidad a quien busque la Cuba auténtica, y llevarse el botiquín de casa.
«dos maletas de 34 kilos son solamente de comida»
El episodio, en profundidad
Este episodio no se grabó en el estudio. Juan Gabriel Gomila se planta en Palma, en el salón de Yuleysi Ramírez, y se sienta al otro lado de la mesa: mientras hablan, ella le hace la manicura, la pedicura y el arreglo de cejas, todo en directo y con el entrevistador literalmente con las manos ocupadas.
El arranque es el prejuicio de siempre. El presentador recuerda que más del noventa por ciento de la clientela de un centro de estética son mujeres, y plantea el estigma del hombre que se cuida: las etiquetas y los insultos por hacerse las uñas o las cejas. Ella responde que nada que ver: la mayoría de cejas de hombre que trabaja son maridos de sus clientas.
De la escuela de economía en Cuba a una mesita de uñas en Palma
Yuleysi es de Sancti Spíritus, en el centro de Cuba, y la criaron sus abuelos. Estudió comercio en la escuela de economía porque allí estudiar era la obligación, pero lo suyo estaba decidido mucho antes: «pero yo siempre desde pequeña lo tenía claro lo que quería hacer». Con cinco años ya tenía un bote de pintura en la mano y con doce su abuela le compró el equipo de uñas. De la escuela de dibujo de la casa de la cultura le viene el realismo con el que hoy dibuja las cejas pelo a pelo.
Antes de emigrar cumplió el servicio social obligatorio en correos, cobrando menos que un trabajador normal porque, explica, así se le devuelven al Estado los estudios. Llegó a España con veintiún años y pasó otro año ahorrando para pagarse un curso de uñas: en Cuba trabajaba el acrílico y aquí se usaba el gel. Montó el negocio con una mesita alquilada, conoció a su marido y se fue con él a Manchester, a un centro de estética avanzada donde aprendió cejas y pestañas. La vuelta no fue voluntaria: por su condición de cubana perdió el permiso para quedarse en Inglaterra —«básicamente que me echaron», resume— y tuvo que irse embarazada de siete meses.
Micropigmentación: qué es, y sobre todo qué no es
De vuelta en Palma retomó las uñas, se formó como educadora de varias marcas para dar cursos con título y acabó enganchada al microblading. Lo primero que desmonta es el malentendido más repetido: «no es un tatuaje, porque la piel tiene tres capas, la dermis, la epidermis y la hipodermis». La micropigmentación trabaja entre la primera y la segunda capa, con pigmentos más diluidos, y por eso dura unos dos años según la piel y el cuidado del cliente, empezando por el protector solar. Lo que se paga después son los retoques.
El pelo a pelo lo hace con una herramienta manual, un palito con dieciocho agujitas, siguiendo el crecimiento natural de cada persona. Para pieles sensibles, con rosácea o diabetes, usa una técnica con máquina. También hace delineado de ojos, labios y un efecto polvo más maquillado. Y aclara otro miedo frecuente: el microblading no arrasa con el pelo propio, sino que despierta el folículo dormido, hasta el punto de que clientas con alopecia llegan al retoque con algún pelito nuevo.
Cejas de hombre: limpiar, sí; adelgazar, nunca
En una ceja masculina no se toca el grosor. Se limpia debajo, se recortan los pelos largos que dan la mirada cansada y se deja gruesa, que es lo que ellos quieren. Lo que no hace, por mucho que se lo pidan, es borrar la cola de la ceja para dibujarla más arriba. Y avisa contra la rayita rapada que llevan muchos chicos jóvenes: «yo te voy a cortar el trozo de ceja, pero esto para mí es un crimen, porque es que luego el pelo no va a salir igual», porque el folículo puede no volver.
El tabú se repite en todo lo demás. Su marido es calvo y se hizo la micropigmentación capilar, esos puntitos que simulan el folículo sobre el rapado; los amigos se reían antes —«pero que te vas a tatuar la cabeza»— y al verlo cambiaron de discurso. En los congresos hay ya varios hombres haciendo cejas, labios y ojos. La misma etiqueta cae sobre el yoga, al que atribuye buena parte de su salto profesional: «mi progreso, mi trabajo profesionalmente, un 99 por ciento de lo que estoy consiguiendo, se lo tenemos que dar a mi clase de yoga». De ahí su frase más rotunda, dirigida a quien sigue repartiendo cosas de hombres y de mujeres.
Campeonatos, higiene y la promoción de aquel marzo
Compite. En su último campeonato de micropigmentación quedó cuarta por un par de puntos, con un jurado que puntúa sin saber de quién es cada modelo, y se vuelve a presentar. Del mismo circuito salen los congresos de dos días y los grupos de WhatsApp entre compañeras. Insiste en la parte que no se ve: vacunas al día, material esterilizado y el curso higiénico-sanitario como requisito para tocar una piel. «Hay que ver bien a los sitios donde uno va porque a veces el cliente no tiene información.» Y sigue estudiando: «cada seis meses, me hago un curso de lo mío».
Cerca del final repasa la carta de servicios del salón —hoy hace pocas uñas, que ha dejado en manos de una compañera, y está volcada en la micropigmentación— y recuerda que en el enlace de su perfil están todos los precios. Ahí anuncia la promoción que tenía en marcha aquel marzo de 2024: «durante dos meses tenemos una promoción», un 30 por ciento de descuento en micropigmentación. Duró eso, dos meses, así que se agotó aquella primavera.
Volver a Cuba con ocho maletas
La conversación se sale del salón. Cuenta la libreta de abastecimiento que su abuelo iba a canjear cada mes en la bodega, y cómo se la retiraron al emigrar: «a mí me retiraron la libreta, señores». Viaja cada año con sus dos hijos y ocho maletas, y «dos maletas de 34 kilos son solamente de comida»; también manda medicinas por correo, con lo que le sobra a clientas suyas. Describe tiendas donde una nevera cuesta el doble que en España y un país donde, dice, todo sigue como hace cincuenta años: bonito y duro a la vez, porque faltan medicinas. Hay un punto en el que se para sola: avisa de que hay cosas de las que prefiere no hablar y cambia de tema. A quien vaya de turismo le manda a Trinidad, más allá de La Habana o Varadero: «tiene que llevar su medicina porque ahí no, no hay farmacia».
Estética natural y algún límite
Su idea de belleza es discreta: que a la clienta le digan «oye, te veo mejor, ¿te has hecho algo?» y no que le adivinen el retoque. Reconoce sus dos pinchacitos de bótox para una arruga que le salió de fijar la vista trabajando, y critica a quien se pasa y lo lleva puesto en la cara. Recomienda el documental de Netflix «somos lo que comemos» y el libro El monje que vendió su Ferrari, aunque lo suyo son los culebrones. Cierra con dos pendientes: el carné de conducir a los treinta y dos y una segunda parte. Todo su trabajo está en su Instagram.
Lo que te llevas
- La micropigmentación no es un tatuaje: se deposita entre la primera y la segunda capa de la piel, con pigmentos más diluidos, y por eso dura unos dos años y necesita retoques.
- En una ceja de hombre no se toca el grosor: se limpia debajo y se recortan los pelos largos, que es lo que quita la cara de cansado.
- La rayita rapada en la ceja puede salir cara: el folículo se daña y ese pelo puede no volver a salir.
- El microblading no hace perder pelo; despierta folículos dormidos, algo que ella nota en clientas con alopecia.
- Antes de sentarse en una cabina conviene mirar la formación higiénico-sanitaria, las vacunas y el material esterilizado del centro.
- La mayoría de hombres que llegan a su salón vienen de la mano de sus parejas: el estigma se cae por contacto, no por discursos.