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Momentos clave
Josué Alcántara emigró de República Dominicana a Cataluña con ocho años, se graduó en informática en la UPC y trabajó en Glovo y en la fintech Goin antes de dejarlo todo para emprender. Cuenta sin adornos los ocho meses sin foco, la app de comunidades de vecinos que se quedó por el camino y por qué acabó viviendo del copywriting.
De República Dominicana a Cataluña
Siete hermanos entonces, diez hoy. Sus padres eligieron Barcelona frente a Canadá porque allí estaba la abuela paterna, y de ahí se mudaron a un pueblo del interior catalán. Llegó con ocho años, en el invierno de 2004.
«Ahí descubrí yo, frío.»
Informática y telecos a la vez
Pidió informática por la programación y telecos por las redes y la seguridad. El CFIS permitía hacer las dos, pero exigía media de ocho y ningún suspenso, así que optó por estudios simultáneos y acabó dejando telecos durante la pandemia.
«era un nivel de exigencia exagerado»
Prácticas en Glovo por un mensaje
Le escribió alguien de Glovo por LinkedIn, hizo una entrevista de tres horas y pasó seis meses trabajando con Python en integraciones, como leer los productos de McDonald's y guardarlos en la base de datos.
«creo que eso es importante cuando estás estudiando, tener la proactividad»
Goin: equipo pequeño y pago en promesas
En la fintech pasó de un equipo de seis o siete a uno de treinta o cuarenta. Se queda con el pequeño por velocidad, pero avisa del desgaste y de lo que una startup ofrece a cambio del sueldo.
«te van a pagar en promesas»
Ocho meses de ideas sin foco
Tras salir a una empresa grande y tranquila, dedicó ocho meses a montar algo propio. Seis se le fueron entre un hilo de Twitter, una newsletter, una audiencia propia y un curso de programación.
«no tenía foco»
La app de vecinos que no salió
Una gestora anticuada y el lío de la domiciliación le dieron la idea: autogestión de comunidades conectada a las APIs de los bancos. Validó el problema con administradores de fincas antes de programar nada.
«para hacer funcionar esto, tengo que dejar el trabajo»
Del código al copy, por voluntad
El despido negociado no llegó y el proveedor bancario costaba más de lo previsto. El copywriting le acercaba al negocio sin depender de la parte técnica, y hoy vive de eso mientras piensa en un SaaS.
«Hay gente que por casualidad y en mi caso es por voluntad.»
Humor, tacos y lo que ya no se puede decir
El tramo final se va a la corrección política, al humor que ambos echan de menos y al racismo, que Josué desdramatiza en primera persona. También recomienda Hábitos atómicos, de James Clear.
«Es políticamente incorrecto, que es lo que necesitas este puñetero país.»
El episodio, en profundidad
Josué Alcántara nació en 1996 en República Dominicana y llegó a Cataluña con ocho años, en el invierno de 2004. Hoy vende copywriting a empresas. Entre una cosa y otra hay una ingeniería informática en la UPC, unas prácticas en Glovo, unos años de fintech en Goin, un sueldo cómodo que dejó y una aplicación que nunca llegó a salir. Juan Gabriel Gomila lo presenta como un camaleón: el emprendedor que se adapta, cambia rápido, pone el foco donde importa y sabe decir que no.
De República Dominicana a un pueblo del interior catalán
Eran siete hermanos entonces (hoy son diez) cuando sus padres pusieron en una balanza la situación económica, la política y la violencia, y decidieron marcharse. Tenían dos opciones: Barcelona, donde vivía la abuela paterna, o Canadá. Ganó Barcelona, y de ahí a un pueblo del interior de Cataluña donde se crió. Del clima se acuerda perfectamente: «Ahí descubrí yo, frío.»
De su país recuerda pocas cosas, y una se le dio la vuelta al volver de mayor: «no es que no me gustaba las playas, que no gustaba mucho las playas de mi país». De la comparación entre ambas sociedades se queda con lo que ganó: allí no hay prisas ni estrés; aquí hay sanidad pública.
Informática y telecos a la vez
Empezó a programar con quince años en un curso presencial al que iba al salir del colegio y en el que se dormía. Quería construirse una agenda digital, porque Google Calendar todavía no existía. Al llegar a la universidad pidió informática en primer lugar y telecomunicaciones en segundo: informática por la programación, telecos por las redes y la seguridad, que veía como el campo con más recorrido. Existía una vía para hacer las dos, el CFIS, pero «era un nivel de exigencia exagerado»: media de ocho y ni un suspenso. Acabó haciendo estudios simultáneos, y telecos resultó ser electromagnetismo y circuitos, así que la dejó durante la pandemia con informática ya terminada. Volvería a matricularse en lo mismo.
Su balance sirve a cualquiera que dude: saber programar y hacer que algo funcione son dos cosas distintas. Al salir podía defenderse, pero no montar un proyecto de cero a cien. Lo que sí le dio la universidad fueron métodos de trabajo y criterio para distinguir lo que importa.
Glovo, Goin y la escuela de la startup pequeña
Las prácticas en Glovo no llegaron por una bolsa de empleo, sino por un mensaje de LinkedIn de alguien de la empresa y una entrevista de tres horas: «creo que eso es importante cuando estás estudiando, tener la proactividad». Fueron seis meses remunerados, porque la UPC lo obliga, con Python: integraciones para leer los productos de McDonald's y guardarlos en la base de datos. Renovó, pero al semestre siguiente, con las dos carreras, el trabajo y el fútbol, dijo que no podía más. Un colega le presentó entonces el proyecto donde haría el trabajo de fin de carrera: Goin.
Goin es una fintech de ahorro automático: redondeos cuando compras un café, retención de un porcentaje de la nómina, retos de ahorro configurables y una parte de inversión. Al principio eran seis o siete; después, treinta o cuarenta. Si tuviera que elegir, lo tiene claro: «yo creo un equipo pequeño, porque sobre todo cuando estás empezando, tienes que ser rápido». En una empresa grande tu aportación se diluye; en una pequeña tocas todo, te la pegas por todos lados y, como resume Juan Gabriel, «al final descubres que primero que no se acaba el mundo, y en segundo lugar, aprendes a resolver problemas».
La otra cara la cuenta sin adornos. La startup «te consume mucho tiempo y energía», va 24/7 y desgasta. Y hay un aviso para quien entre ahora: «te van a pagar en promesas». Las suyas no se cumplieron, y lo llama desamor. Sobre el dinero como motor es igual de tajante: «cada vez necesitas más para mantener ese nivel de motivación».
Ocho meses buscando idea (y una gorra para el foco)
Dejó Goin por una empresa más grande y tranquila, con buen sueldo, para tener energía con la que montar lo suyo. Pasó ocho meses en ello, de marzo a noviembre, y seis se le fueron en un bucle: un hilo de Twitter, una newsletter, audiencia propia, un curso de programación. Ideas muchas, acción poca: «no tenía foco». El ciclo, dice, era optimismo desinformado, luego pesimismo informado, y vuelta a empezar.
La idea que sí le enganchó nació de comprar casa: una gestora que sonaba antigua, que solo atendía por teléfono, y el lío de cambiar la domiciliación al mudarse. Pensó una aplicación de autogestión para comunidades de vecinos, con la cuota mensual y el balance bancario a la vista. Su valor añadido era conectar con las APIs de los bancos, algo que sabía hacer porque venía del sector. Para no olvidarlo, se mandó hacer una gorra con el nombre del proyecto y se la pone para trabajar todos los días.
La app que no salió y el giro al copy
Antes de programar nada, investigó. Habló con administradores de fincas y encontró el cuello de botella: para llevar más fincas «tienen que meter más empleados», porque el día se va en llamadas y mensajes por cada incidencia. Su aplicación sería, en el fondo, un sistema de tickets. Las que ya existían tenían malas reseñas: la gente pagaba y no podía ni hacer login.
Llegó el punto de decidir: «para hacer funcionar esto, tengo que dejar el trabajo». Su plan era negociar la salida de la empresa para cobrar el paro capitalizado e invertirlo en la aplicación. No lo despidieron. Y el proveedor para conectarse con los bancos costaba bastante más de lo presupuestado. Entre medias había descubierto el copywriting, y ahí vio otra puerta: le acercaba al negocio y a la venta sin depender de una parte técnica cara y compleja.
Hoy escribe copy para empresas que quieren vender más por email marketing, definiendo la oferta y exprimiendo la base de datos que ya tienen. Su meta declarada es facturar 100.000 euros en su primer año como autónomo, y más adelante montar su propio SaaS. Preguntado por la etapa con la que se quedaría, responde que «creo que la mejor es ahora»: «Hay gente que por casualidad y en mi caso es por voluntad.» De ahí sale la frase que resume la entrevista: «Yo he tomado la decisión consciente, yo he asumido a los riesgos. Yo sé que es complicado.» Para los oyentes preparó además un audio sobre cómo escribir la página de presentación personal, esa que casi todos desaprovechan hablando de sus años de experiencia en vez de contar su historia.
El final sincero: humor, tacos y lo que ya no se puede decir
El cierre se va por otro lado. Josué recomienda Hábitos atómicos, de James Clear, que tardó en leer porque estaba de moda, y una comedia española políticamente incorrecta cuyo título el audio no permite identificar. A Juan Gabriel le sirve para soltar lo que piensa: «Es políticamente incorrecto, que es lo que necesitas este puñetero país.» Los dos coinciden en que la sociedad ha ido penalizando temas; Juan Gabriel cuenta que explicar en clase la paradoja de Simpson con el tópico de las rubias le ha traído algún problema, y defiende contarlo porque no señala a nadie. Josué, dominicano y negro, le quita hierro a quien pudiera insultarle por su color: si eso pasa, el problema es de quien insulta. «¿Qué más da? No pasa absolutamente nada.»
Queda la reflexión del presentador, que lleva doce o trece años emprendiendo y admite que la duda no se va nunca: si se equivocó al dejar aquel sueldo de 68.000 euros, ya está, «este es el guion que te ha tocado vivir y no hay un botón de volver a cargar». Si te ves en ese cruce, en las rutas de aprendizaje de Frogames tienes por dónde empezar.
Lo que te llevas
- En un equipo pequeño tocas todo y aprendes rápido; en uno grande tu aportación se diluye entre demasiada gente.
- Una startup paga parte del sueldo en promesas: cuando no se cumplen, llega el desgaste y el desamor por el proyecto.
- Sin foco no hay proyecto: seis meses saltando de idea en idea no produjeron nada; una sola idea investigada a fondo, sí.
- Validar antes de programar: hablar con administradores de fincas le enseñó dónde estaba el cuello de botella real.
- La carrera enseña a programar, no a hacer productos: al salir puedes defenderte, pero no montar algo de cero a cien.
- El copywriting le acercó a la venta y al negocio, que es justo lo que le faltaba a un perfil puramente técnico.