Volumen 110 · Frogmación Podcast

Desmontando mitos sobre el yoga

Por Juan Gabriel Gomila • • 27 min de audio

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Episodio 110: Desmontando mitos sobre el yoga

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Momentos clave

Episodio en solitario, grabado justo después de tres días de convención anual de Yoga Iyengar en Palma de Mallorca. Juan Gabriel responde a los mensajes que le llegan cada vez que cuenta que practica: que si es una secta, que si hay que ser flexible, que si eso no es deporte. Y para hacerlo cuenta la espondilitis anquilosante que le diagnosticaron y por la que empezó.

Tres días de convención en Palma

Ocho o diez horas diarias de práctica con los compañeros de su centro. Lo que más valora no es el yoga sino conocerse: en una clase normal apenas te cruzas dos frases con la gente. Del fin de semana sale un objetivo de grupo, viajar a la India un par de meses.

«tú vas, hablas dos o tres minutos antes de la clase, en la clase estás tú solo, en tu esterilla, en tu mat y luego te vas a tu casa»

Lo primero que te dicen es secta

Usa la palabra a propósito porque es la reacción habitual. Explica la escala real: un yogi lleva treinta o cuarenta años, y el camino son asanas, respiración y meditación. Él marca su propio techo y dice que todavía no medita.

«coño te has metido en una secta»

La espondilitis y el reloj de las tres

Una enfermedad genética que se le despertó tras una gastroenteritis en Latinoamérica. Siete u ocho meses de pinchazos nocturnos en la zona del corazón y el pulmón, y nueve meses hasta dar con el diagnóstico. No tiene cura.

«las 3 de la mañana era un puñetero reloj aquello»

Hay que ser flexible: falso

Los médicos solo le ofrecieron retrasar el cierre de las articulaciones practicando yoga. Ha perdido movilidad en hombros, muñecas y codos y practica igual, junto a una compañera hiperflexible que hace un puente perfecto.

«es como el que dice yo no estoy fuerte, no puedo ir al gimnasio»

Nadie hace yoga porque se lo pase bien

Desmonta el marketing del bienestar: la postura es dura, pesada, incómoda y a veces dolorosa. Lo que se entrena es canalizar ese dolor. Su primer cambio no fue físico, fue dejar de tener prontos.

«nadie que haga yoga te dirá, yo hago yoga porque me encanta, porque es que me lo paso súper bien»

El símil del sistema eléctrico

La frase de su profesor que mejor explica para qué sirve todo esto: cambiar los cables viejos por otros más gruesos para poder enchufar más cosas. Los cables son el sistema nervioso, el simpático y el parasimpático.

«es como fortalecer el sistema eléctrico de tu casa»

Poco dinámico, dice: aguanta un minuto

Un minuto de equilibrio sobre una pierna o de perro boca abajo levantando piernas. Su pulsera marca medias de 130 a 140 pulsaciones con picos de 160 o 170. Gente que viene de deportes de fuerza no termina una clase.

«el yoga no es el circo del sol, no vamos ahí a doblarnos o a contorsionarnos»

Dormir poco pero dormir bien

Quince minutos de posturas relajantes cada noche antes de acostarse, y una relajación de cinco o diez minutos al final de cada sesión que compara con una siesta de dos o tres horas. Insiste en que relajación no es meditación.

«yo siempre soy una persona que he dormido poco y mal, entonces ahora duermo poco pero duermo genial»

El episodio, en profundidad

El 110 de Frogmación no lleva invitado. Es Juan Gabriel solo, recién bajado de tres días de convención anual de Yoga Iyengar en Palma de Mallorca, contestando a los mensajes que le llegan cada vez que cuenta que practica: que si el yoga es para perroflautas, que si no es deporte, que si eso es una secta, que si ahí no se suda.

Tres días de convención y ocho horas diarias de esterilla

Ocho o diez horas al día practicando con los compañeros de su centro de Palma. Vuelve con «los brazos que parece que no son míos» y con la sensación de que «creo que he crecido unos centímetros en horizontal y sobre todo en vertical de estirarme». Lo que más le interesa no es la práctica sino el efecto secundario: conocerse, porque en un centro de yoga la relación es mínima, «tú vas, hablas dos o tres minutos antes de la clase, en la clase estás tú solo, en tu esterilla, en tu mat y luego te vas a tu casa». De los tres días juntos sale hasta un objetivo de grupo: viajar a la India a pasar un par de meses.

«Coño, te has metido en una secta»

Esa es la primera reacción que se encuentra al contarlo, y él usa la palabra a propósito. Su respuesta va de explicar la escala. Un yogi es alguien que lleva treinta o cuarenta años practicando, y lo que te contará es que el yoga educa cómo tienes que ser contigo mismo y con la sociedad para llegar a un estado superior, al que se llega con práctica física —las asanas—, respiración y meditación. Y ahí se pone él mismo el techo: «yo por ejemplo no medito», porque no está a un nivel como para entenderlo.

La parte espiritual de su rama es corta: un rezo de ocho versos a Patanjali al empezar y el gesto del om, que explica como dar las gracias a tu yo interno. Menciona la leyenda de que fue el dios Shiva quien enseñó esas posturas y de ahí salieron las ramas. Lo que le parece un contrasentido es el yoga hecho para que lo vean los demás: la foto de Instagram, el cuerpazo en la playa. Es una práctica contigo mismo: vas a un centro porque hay un profesor que te dirige, pero eres tú quien sabe hasta dónde estirar.

El mito de la flexibilidad, contado desde una espondilitis

Aquí el episodio deja de ser una charla sobre yoga. Hace unos años le detectaron una espondilitis anquilosante, enfermedad genética que uno de sus padres o los dos portaban y que se le despertó en un viaje a Latinoamérica, tras una gastroenteritis que le cambió el pH interno. Durante siete u ocho meses tuvo un pinchazo nocturno cerca del corazón y el pulmón: «las 3 de la mañana era un puñetero reloj aquello». Ojeras, cansancio acumulado y, cuenta él, «de mala hostia por supuesto». Tardaron nueve meses en dar con ello, hasta que una proteína salió positiva en uno de los mil análisis de aquel año, que sitúa en 2018. No tiene cura.

Lo que hace es acelerar la pérdida de movilidad de las articulaciones; el final, si no se cuidara, sería la espalda cada vez más cerrada. Cuando se lo detectaron se quedaba con los hombros muy recogidos, muy engarrotado, y lo había atribuido a no hacer deporte. Lo único que le ofrecieron los médicos fue esto: «si practicas yoga podrás retrasar el cierre natural de esas articulaciones».

De ahí sale el primer mito. Solo la gente flexible puede hacer yoga: falso, y él es el ejemplo. Ha perdido movilidad sobre todo en hombros, muñecas y codos, y en la convención había varios igual. Hay una compañera hiperflexible que hace un puente perfecto, mientras que lo suyo se parece más a «una tabla un poco rota por aquí y por allá». Su comparación cierra la discusión: «es como el que dice yo no estoy fuerte, no puedo ir al gimnasio». Y avisa: «el yoga no es el circo del sol, no vamos ahí a doblarnos o a contorsionarnos».

¿Poco dinámico? Aguanta un minuto

El tercer mito es que no te mueves, que no trabajas fuerza. Su respuesta es un reto: aguanta un minuto en equilibrio sobre una pierna, en Virabhadrasana III o en la postura del árbol. No es un sprint, lo admite, pero su pulsera del deporte le marca medias de 130 a 140 pulsaciones con picos de 160 o 170, y cuenta que gente que viene del mundo del deporte no aguanta una clase.

El mecanismo lo explica así: en el gimnasio el músculo crece hacia arriba; estirando crece longitudinalmente, pero crece igual. Lo importante para él es la columna, a la que no se accede directamente, sino estirando brazos y piernas y abriendo el pecho. Y añade una función que le sirve de diagnóstico personal: el yoga reequilibra. El tenista o el jugador de pádel acaban con un brazo más desarrollado que el otro; él, que trabaja todo el día con el ordenador, arrastra los hombros cerrados y una postura chepada que sigue intentando abrir.

Por qué duele y aun así compensa

No lo vende bonito: «nadie que haga yoga te dirá, yo hago yoga porque me encanta, porque es que me lo paso súper bien». Mantener una postura es duro, incómodo y a veces doloroso. Lo que se entrena es otra cosa: «lo que sí que aprendes es a gestionar, a canalizar ese dolor, esa frustración y convertirlo en una fortaleza para ti». Ese fue su primer cambio real: antes tenía prontos, y eso se le ha ido.

La mejor explicación del episodio no es suya sino de su profesor: «es como fortalecer el sistema eléctrico de tu casa». Si la instalación es antigua y enchufas algo moderno, la tensión no aguanta y pete; cambias los cables por otros más gordos y podrás enchufar más cosas. Los cables son el sistema nervioso, el simpático y el parasimpático. Cada sesión termina con relajación —insiste en que relajación no es meditación—, y esos cinco o diez minutos los compara con una siesta de dos o tres horas. Por las noches hace quince minutos de posturas relajantes antes de dormir: «yo siempre soy una persona que he dormido poco y mal, entonces ahora duermo poco pero duermo genial».

Ni perroflautas ni solo para jóvenes

Quedan dos tópicos. Que «el yoga es para perro flautas», al que responde con lo mismo: prueba una clase. Y que uno ya es mayor para empezar, que rebate con la convención: había gente de setenta años y la profesora que vino de la India rondaría los sesenta, súper flexible de tantos años acumulados. Muchos de sus compañeros mayores llegaron al notar que ya no giraban el cuello o que tenían las caderas rígidas.

El consejo final es poco comercial: no empieces por Iyengar, que es duro, sino por hatha, vinyasa o saludos al sol. Y busca «un profesor que sea bueno, que te pegue una bronca cuando te la tiene que pegar». El motivo confeso del episodio dice mucho de por qué lo grabó: «para que no os vayáis con la idea de que Juan Gabriel es una persona súper espiritual, está en una secta y cosas de este estilo». Si lo que buscabas eran cursos y no esterillas, siguen donde siempre, en la plataforma de Frogames Formación.

Lo que te llevas

  • El yoga Iyengar es una rama exigente: no es por donde conviene empezar, mejor hatha, vinyasa o saludos al sol.
  • La flexibilidad no es un requisito de entrada, es un resultado; él practica con movilidad reducida por una espondilitis anquilosante.
  • La parte espiritual de su rama se reduce a un rezo inicial de ocho versos y al gesto del om; lo demás llega, si llega, con los años.
  • Mantener una postura es duro y a veces doloroso: lo que se entrena es canalizar ese dolor, no evitarlo.
  • El músculo también crece estirando, en longitud en vez de en vertical, y la columna se trabaja indirectamente estirando brazos y piernas.
  • Trabajos y deportes asimétricos generan desequilibrios (el brazo del tenista, los hombros cerrados de quien vive ante el ordenador) que el yoga compensa.

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