Volumen 111 · Frogmación Podcast

¿Por qué Eurovisión es de todo menos una competición musical?

Por Juan Gabriel Gomila • • 19 min de audio

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Episodio 111: ¿Por qué Eurovisión es de todo menos una competición musical?

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Momentos clave

Eurovisión no nació en una redacción de cultura: salió de unos documentos clasificados de la OTAN en 1955 como propaganda cultural. Con ese origen encima de la mesa, este episodio explica por qué el voto sigue siendo político, por qué la descalificación del representante de Países Bajos le parece correcta y qué falla en las canciones que manda España.

Qué es realmente Eurovisión

Un concurso televisivo anual de las televisiones, en su mayoría públicas, de la Unión Europea de Radiodifusión, no de Europa: hay miembros dentro y fuera del continente. Empezó a emitirse en 1956 y es el programa más antiguo que sigue retransmitiéndose en el mundo.

«lo cual hace que sea el programa más antiguo que todavía se retransmite en el mundo»

La OTAN detrás del festival

En 1955 y 1956 el Comité de Cultura e Información Pública de la OTAN emitió documentos clasificados con las órdenes y condiciones para crear el festival. Durante décadas su creación se atribuyó a una iniciativa del mundo de la cultura y el periodismo.

«como un método de propaganda cultural e ideológico favorable a la OTAN»

Lugano 1956: siete países, catorce canciones

La primera edición se celebró en Suiza, donde estaba la sede, con solo siete participantes y dos canciones por país. Ganó el anfitrión y desde 1957 nunca más se permitió más de una canción por país.

«Esta fue la única edición donde un país podía interpretar más de una canción.»

La pregunta del día

Recuerda las retransmisiones en las que Íñigo era capaz de predecir quién votaría a quién casi sin fallar. Si el voto responde a decisiones políticas, la naturaleza del concurso queda en entredicho.

«Claro, cuando yo voto a un país por decisiones políticas como era originalmente el nacimiento de esta cosa, pongo sobre la mesa la primera pregunta del día, ¿es un concurso de música o es un evento político?»

El jurado y el apretón de manos

Una parte grande de los votos la reparte el jurado de expertos de cada región. Lo lógico sería premiar la mejor canción; lo que se premia, dice, es la relación que interesa mantener.

«en lugar de votar con criterios musicales a la mejor canción, votan a quien le interesa tener de su lado»

Países Bajos, Israel y la descalificación

Comparte el fondo de la crítica y cita la cifra de muertos que había leído, pero defiende la descalificación: quien va a Eurovisión representa a una nación, no a sí mismo. Lo compara con el veto a Rusia desde el inicio de la guerra de Ucrania.

«hacerlo de forma pública no era el trabajo del cantante de Holanda»

La incoherencia de las canciones españolas

Defiende la igualdad y por eso no entiende que los temas españoles de los últimos años estén sexualizados, primero la cantante y ahora los bailarines. Para él es el mismo error con los papeles cambiados.

«Me parece increíble que cuando queremos llegar a esa situación de igualdad, queremos llegar a esa situación donde todos somos totalmente iguales, sexualicemos tanto un lado como otro.»

Recuperar el espíritu musical

Reconoce que la idea original era buena y que hay auténticas joyas entre las canciones recientes. Si el festival se mantiene como competición política, se pierde lo que lo justificaba.

«me parece interesante mantener ese espíritu de competición musical, porque si lo mantenemos como competición política, creo que se pierde un poco el espíritu de lo que es una competición musical»

El episodio, en profundidad

Esta semana el podcast se sale del guion. Juan Gabriel Gomila graba con la voz tocada tras días de resfriado y avisa de que no es su terreno: no le gusta hacer episodios políticos. Pero acababa de celebrarse Eurovisión, y cuando lo que está en juego es la música el episodio se hace igual. La pregunta que lo ordena todo la pone en el primer minuto: ¿por qué Eurovisión es de todo menos una competición musical?

Antes de criticar nada deja claro desde dónde mira. Su referente de infancia —y después de la banda de música en la que ha tocado largo y tendido— siempre ha sido ABBA. Y cuando piensa en un festival de la canción piensa en un certamen de conservatorio, donde se valoran los aspectos musicales: ejecución, interpretación, perfección, ritmo, sincronía. El resto del episodio explica por qué esa vara de medir no sirve.

Un festival que sale de un despacho de la OTAN

Eurovisión es un concurso televisivo anual con intérpretes de las televisiones —la mayoría públicas— de los países de la Unión Europea de Radiodifusión. Ojo al matiz: no es «de Europa», porque hay miembros fuera del continente. Empezó a emitirse en 1956, lo que lo convierte en el programa más antiguo que todavía se retransmite.

El contexto es la posguerra. Con Europa por reconstruir y la Guerra Fría asentando ya todos sus componentes, la Unión Europea de Radiodifusión —con sede en Suiza— pone en marcha un festival internacional de la canción para los países de las alianzas políticas y militares de la Europa occidental, sobre todo de la OTAN, emitido a la vez en todos ellos. El modelo tampoco era inocente: se inspiró en un festival francés de bandas militares celebrado desde 1952 y en el festival de San Remo, en Italia.

El dato fuerte llega aquí. En 1955 y 1956 el Comité de Cultura e Información Pública de la OTAN emitió unos documentos clasificados con las órdenes y condiciones para crear ese festival, en principio del Atlántico Norte, que se conocería como Eurovisión: «un método de propaganda cultural e ideológico favorable a la OTAN». Durante décadas eso no se supo y su creación se atribuyó al mundo de la cultura y el periodismo. Era también un experimento técnico: en 1955 no había televisión por satélite y la señal viajaba por microondas.

La primera edición se celebró en Lugano, en Suiza, en 1956, con solo siete países y dos canciones cada uno, catorce en total: la única vez que se permitió más de una por país. Ganó el anfitrión. El programa se llamó primero Eurovisión Grand Prix, por el peso de los países francófonos.

¿Concurso de música o evento político?

Con ese origen encima de la mesa, el salto al presente es corto. Recuerda cuando en España retransmitía el festival Íñigo, capaz de predecir quién votaría a quién acertando casi siempre la puntuación. De ahí sale la pregunta del día: «Claro, cuando yo voto a un país por decisiones políticas como era originalmente el nacimiento de esta cosa, pongo sobre la mesa la primera pregunta del día, ¿es un concurso de música o es un evento político?».

Su respuesta no deja lugar a dudas: es un evento totalmente político, y eso significa que no suele ganar la mejor canción. Lo llama un pelín tongo: buena parte de los votos la reparte el jurado de expertos de cada región, que «en lugar de votar con criterios musicales a la mejor canción, votan a quien le interesa tener de su lado». Lo que se vota, dice, es al país con el que interesa darse el apretón de manos.

La descalificación del representante de Países Bajos

Después entra en el escándalo de esta edición: el representante de Países Bajos habló sobre Israel y fue descalificado. Él comparte el fondo —«creo que la última noticia que leí ayer eran 32.000 muertos», dice, y recuerda que eso no es moco de pavo—, pero le parece correcta la decisión: «si tú eres un representante musical y te mandan a un concurso tipo Eurovisión, hazte la idea que estás representando un país, estás representando una nación». En ese momento la declaración no es tuya, es la de tu país.

Se pone él mismo de ejemplo: si fuera a una reunión internacional de docentes representando a España y se pusiera a hablar contra Pedro Sánchez, Ayuso o Abascal, se saldría de su objetivo, que es enseñar y acompañar. Y añade el riesgo de fondo: esas declaraciones son muy turbias porque pueden encender un conflicto. Lo compara con el veto a Rusia en competiciones deportivas y musicales desde el inicio de la guerra de Ucrania. La conclusión: «hacerlo de forma pública no era el trabajo del cantante de Holanda», aunque se le vaya a recordar por ello.

Y luego está lo de España

La segunda mitad es un repaso incómodo a lo que manda España, con un argumento de coherencia: se busca la igualdad entre hombres y mujeres —ya trató el feminismo en un episodio anterior— y a la vez las canciones de los últimos años están totalmente sexualizadas. Cita la de Chanel, SloMo, que describe como la forma en la que alguien se camela a un tío hasta llegar a la cama, y la de este año, «Zorra», donde ve el mismo problema con los papeles invertidos: «la chica tapada hasta arriba del todo, del todo, del todo, y los tíos terminando literalmente en tanga».

De ahí sale una de las frases del episodio: «Me parece increíble que cuando queremos llegar a esa situación de igualdad, queremos llegar a esa situación donde todos somos totalmente iguales, sexualicemos tanto un lado como otro. ¿Qué necesidad había?». Y remata con una comparación que le sale de dentro: «en España, hostia, aún sigo pensando que cuando mandamos a chiquilicuatre me representaba más que lo que me ha representado últimamente esto».

Que se puede hacer de otra forma lo demuestra con la ganadora del año anterior, Loreen, que ganaba por segunda vez con «Tattoo»: un tema precioso, dice, por cómo explica el amor a través de la impregnación de un tatuaje sobre la piel de otra persona. Y recuerda —sin estar seguro del dato— que con Chanel España alcanzó la tercera posición, de las más altas de su historia, y que este año ha quedado tercera o cuarta por la cola.

Lo que se pierde por el camino

Por Eurovisión ha pasado gente muy importante: el Cirque du Soleil, Justin Timberlake, Madonna. Por eso el balance le sabe mal: «no es lo que me gusta ver». Su recomendación es de andar por casa: si no tienes plan un sábado de mayo, te ríes un rato. Pero el remate es serio: «me parece interesante mantener ese espíritu de competición musical, porque si lo mantenemos como competición política, creo que se pierde un poco el espíritu de lo que es una competición musical». La idea original era buena y hay auténticas joyas entre las canciones recientes; lo que no traga es que «nuestra mejor canción de los últimos 10 años sea una canción sexualizando la figura de la cantante». Si te interesa la parte musical que aquí queda enterrada bajo la política, los Fundamentos de la Teoría Musical explican por dentro qué hace que una canción funcione.

Lo que te llevas

  • Eurovisión se emite desde 1956 y es el programa más antiguo que todavía se retransmite en el mundo; lo organiza la Unión Europea de Radiodifusión, que incluye países de fuera de Europa.
  • El festival se ideó en 1955 a partir de documentos clasificados del Comité de Cultura e Información Pública de la OTAN, como propaganda cultural e ideológica favorable a la Alianza.
  • Se inspiró en un festival francés de bandas militares celebrado desde 1952 y en el festival de San Remo, y sirvió además de experimento de transmisión por microondas.
  • La primera edición, en Lugano en 1956, reunió a siete países con dos canciones cada uno; ganó Suiza y nunca más se permitió más de una canción por país.
  • El voto de los jurados responde, en buena parte, a intereses políticos, así que rara vez gana o se valora la mejor canción.
  • Quien representa a un país en un escenario así no habla por sí mismo: de ahí que le parezca correcta la descalificación del representante de Países Bajos por sus declaraciones sobre Israel.
  • Sexualizar los temas españoles, primero a la cantante y ahora a los bailarines, le parece incoherente con la igualdad que se dice defender.

Enlaces del episodio

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El curso del que se habla en este episodio: Fundamentos de la Teoría Musical.