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Momentos clave
Marta Emerson repitió curso, recuperaba cinco o seis asignaturas cada verano y cargó con la etiqueta de peor de la clase. Diez años después era vicepresidenta de una consultora en Silicon Valley y nadie le había pedido nunca el título. En esta entrevista cuenta cómo se sale de esa etiqueta, qué cuesta de verdad vivir en California y por qué la competencia social pesa más que la técnica.
La etiqueta que decide tu vida
Marta repitió curso, recuperaba cinco o seis asignaturas cada verano y arrastró el cartel de peor de la clase. Le costaba leer y le descartaron una dislexia, pero el sistema solo dividía entre listos y tontos.
«los niños, cuando van creciendo y ellos tienen sus etiquetas puestas, se las creen y condicionan su vida a través de esas etiquetas»
Irlanda, periodismo y el café que lo cambió todo
Un año sabático trabajando de camarera en Irlanda, una carrera elegida por ser la que creía más fácil y un café con un contacto que le pidió dejarlo todo para montar una red de inversores privados en España.
«escogí esta carrera porque pensaba que la más fácil»
Diez años en Silicon Valley sin enseñar el título
Solo tuvo que presentar sus titulaciones para inmigración. El trabajo lo consiguió en un cóctel, presentada de la mano por una de sus mentoras a directivos de la red de inversores.
«nunca, tuve que enseñar mi título»
La aritmética real de California
Dos mil dólares al mes de seguro médico para ella y sus hijas, sin cubrir copagos, y apartamentos sencillos por encima de los dos mil. California subvenciona el seguro a quien gana menos de 100.000 dólares al año.
«si hay que ser pobre es mejor serlo en España»
Maternidad, viajes y culpa
Volvió a viajar dos semanas al mes cuando su hija mayor tenía dos meses y se perdió su primer año. Acabó dejando la carrera corporativa para poner un negocio propio y ver más a sus hijas.
«la sociedad te castiga mucho»
Las tres patas de un mentor
Experiencia real de años, formación específica en mentoring y habilidades para escuchar y comunicar. En AMCES piden ocho años de experiencia previa y más de 35 años para certificar a un mentor.
«para ser mentor, necesitar realmente tres cosas, experiencia real, necesitas formación y necesitas habilidades»
Cómo elegir mentor sin equivocarte
Experiencia real en tu tema, encaje personal y valores parecidos a los tuyos. Un mentor que juega al límite puede tener razón y aun así darte estrategias con las que no vas a poder vivir.
«podéis realmente planificar estrategias donde tú puedes dormir por la noche»
Nunca bajes de nivel a los 55
Aceptar un puesto inferior tras un despido cierra la puerta de vuelta a la alta dirección. Su alternativa es montarse como consultor o mentor: mantienes reputación, sigues activo y nadie ve tus números.
«coger un trabajo de menos cualificación, ¿vale? De menos posición, de menos sueldo, de menos tal, es tu suicidio profesional»
El episodio, en profundidad
Marta Emerson lleva 18 años en emprendimiento e innovación entre Silicon Valley, Asia y España. Es fundadora y directora de la escuela de negocios ELIBES (Emerson Life and Business School), por la que han pasado más de 10.000 emprendedores, y cofundadora y vicepresidenta de AMCES, la Asociación Española de Mentoring. Antes de cumplir los 30 ya era vicepresidenta de una consultora en California.
Y de pequeña la habían dado por perdida.
La etiqueta de la peor de la clase
Marta suspendía. Mucho. Cada verano tenía que recuperar cinco o seis asignaturas, repitió curso y se quedó, en sus palabras, con «la etiqueta de la peor de la clase». Le costaba leer y entender lo que leía; le hicieron pruebas y descartaron una dislexia, aunque los síntomas eran parecidos. El sistema de entonces no manejaba inteligencias múltiples: dividía a los alumnos entre listos y tontos, y esa raya decidía quién iba a la universidad.
Lo peor no era la nota, sino lo que arrastraba. «No me dejaban, en por ejemplo, en teatro, tener papeles protagonistas»: se le daba bien la comunicación, pero como suspendía matemáticas le tocaba hacer de árbol. Su diagnóstico es directo: «la vida real no tiene nada que ver con los resultados académicos», y el daño está en que «los niños, cuando van creciendo y ellos tienen sus etiquetas puestas, se las creen y condicionan su vida a través de esas etiquetas».
Irlanda, periodismo y un café
Se cogió un año sabático antes de la universidad, se fue a Irlanda y trabajó de camarera mientras aprendía inglés. Volvió y entró en la carrera empujada por sus padres, con la privada pagada porque no tenía nota para la pública. Eligió periodismo con un criterio poco épico: «escogí esta carrera porque pensaba que la más fácil». Allí empezó a sacar buenas notas, lo cual dice bastante sobre la etiqueta.
El giro llegó después, con un empleo corriente. Un contacto la invitó a un café y le dijo que lo dejara todo y se fuera con él a montar en España una red internacional de inversores privados. Lo dejó, y el trabajo pasó a ser su estilo de vida y su obsesión.
Diez años en Silicon Valley sin enseñar un título
Marta tiene una licenciatura y un máster en administración de empresas. En Silicon Valley solo tuvo que presentarlos para inmigración: «nunca, tuve que enseñar mi título» para conseguir trabajo. Lo consiguió en un cóctel en casa de uno de los inversores más potentes de la red: una de sus mentoras la cogió de la mano y la fue presentando a directivos uno detrás de otro. Su aviso: allí «tienes que currarte contactos, si no es muy difícil»; el currículo no lleva a ninguna parte.
De ahí sale lo que más repite: «mis aprendizajes han sido en la vida real». Silicon Valley fue su escuela: aprendió a negociar y a hacer networking genuino observando trabajar a gente muy buena. Y el ritmo, porque «hay que aprender rápido y aplicar rápido»: el sitio parece accesible en la superficie y deja de serlo cuando toca vender.
Eso no significa despreciar el título: si volviera a empezar volvería a la universidad, por los contactos, y de hecho está iniciando un máster en psicología general por puro gusto. Lo que niega es la magia. Y avisa de lo que sí importa: «hay que tener una estrategia, a nivel profesional». Encadenar empleos sin criterio deja un currículo que no cuenta nada, y «en España el techo es muy bajo, a nivel de salarios».
Sobre los títulos, Marta añade un apunte que dice haber oído mucho: en las aplicaciones de citas, «uno de los filtros, que muchas mujeres ponen, es estudios universitarios». «Ahí lo dejo como una curiosidad», matiza, y remata: «hay un filtro en estas apps y las mujeres en general lo usan mucho».
La factura de California
Lo que menos se cuenta del sueño americano es la aritmética. Marta pagaba 2.000 dólares al mes de seguro médico para ella y sus hijas, y ni siquiera cubría los copagos. Un apartamento sencillo en un barrio sencillo se iba a dos mil y pico. California da ayudas para el seguro médico a quien gana menos de 100.000 dólares al año. Su conclusión: «si hay que ser pobre es mejor serlo en España», porque aquí hay cosas cubiertas y allí quien tiene un trabajo poco cualificado lo pasa mucho peor. A cambio, montar empresa allí es más fácil.
Del contraste sale también su opinión sobre el modelo social español. Parte de que «la sociedad, pues, evidentemente, necesita una serie de ayuda, necesita una serie de empuje» y aclara que no está diciendo que no haya que ayudar; lo que le chirría es el exceso: «a mí no me gusta exceder en eso», «porque entonces se convierten en un país demasiado social». Su frase es esta: «Si das demasiado a ayudar, luego no saben sacarse las castañas del fuego». Y propone la otra pata: «es mejor, realmente, crear oportunidades para que la gente pueda trabajar, pueda ganarse bien la vida», con más flexibilidad para contratar, porque si se estrangula a las empresas quien acaba pagándolo es la gente trabajadora.
Maternidad, culpa y cambio de fase
Marta volvió a viajar dos meses después de tener a su primera hija, dos semanas al mes, y se perdió su primer año entero: se subía al avión llorando. Reconoce la culpabilidad y una presión extra por ser mujer, porque ni ellas ni ellos están habituados a ese reparto de roles. Y añade algo que no suele decirse en voz alta: «la sociedad te castiga mucho», con miradas de mala madre incluidas. Al final dejó su carrera para ponerse por su cuenta y ver más a sus hijas, con todo el mundo diciéndole que estaba loca. Hoy vive en España, por motivos familiares, y está en otra fase.
Su método de agenda: bloques fijos —los martes graba— y «siempre dejar un día, sin poner tareas recurrentes, sin poner proyectos» de comodín, porque siempre sale algo. Y un consejo para quien da conferencias: no cobres la hora, cobra el día. «Yo tengo que estar un día y medio fuera del despacho y tengo que pasar noche», más el viaje y la estancia acordes a tu nivel.
Qué es ser mentor de verdad
«Para ser mentor, necesitar realmente tres cosas, experiencia real, necesitas formación y necesitas habilidades». Experiencia porque has montado empresas y has cometido errores; formación porque saber hacer algo no es saber acompañar a otro; y habilidades, porque escuchar y comunicar se entrenan. En AMCES lo certifican con un sello de Mentor Diplomado: ocho años de experiencia previa y más de 35 de edad.
El error clásico del mal mentor es calcar su biografía: «yo no puedo aconsejarte que hagas algo que yo hice», porque las circunstancias de cada uno son distintas y el consejo hay que justificarlo. Para elegir mentor, tres filtros: experiencia real en tu tema, encaje personal —«tiene que ser una persona con la que encajes bien»— y valores parecidos a los tuyos. Si el mentor juega al límite y tú no, su plan no te sirve; con el adecuado «podéis realmente planificar estrategias donde tú puedes dormir por la noche».
Si te despiden a los 55
A partir de cierta edad cuesta muchísimo recolocarse en puestos de alto nivel. Su recomendación es no aceptar el escalón hacia abajo: «coger un trabajo de menos cualificación, ¿vale? De menos posición, de menos sueldo, de menos tal, es tu suicidio profesional», porque de ahí ya no se sube y además es visible. La alternativa es ponerse por cuenta propia como consultor o mentor y construir una clientela pequeña: como autónomo «nadie sabe lo que ganas, nadie sabe nada», sigues activo a nivel sénior y entrando en las quinielas si aparece una dirección.
Para eso hay que haber cuidado los contactos antes y de forma genuina. Cuando pierdes el cargo, dice, «ahora, ya solamente soy Marta»: el teléfono solo te lo cogen los que te aprecian. Por eso su tesis de fondo es que «la competencia más importante es la competencia social, pero de lejos, de goleada», incluso por encima de ser bueno en tu trabajo. Cierra recomendando un libro sobre poner límites, Boundaries, y su siguiente movimiento: sacar su formación de su marca personal y meterla dentro de ELIBES, con un plan a tres años para salir del día a día.
Lo que te llevas
- Las etiquetas escolares no miden capacidad: miden encaje con un método concreto, y los niños se las acaban creyendo.
- El título abre menos puertas de las que se cree; en Silicon Valley nunca le pidieron el suyo para trabajar. Lo que abre puertas son los contactos trabajados con tiempo.
- La carrera profesional necesita estrategia: qué tipo de empresas, cuánto tiempo en cada una y hacia dónde. Encadenar empleos sin criterio es difícil de revertir.
- El coste de vida en California se come sueldos altos: 2.000 dólares al mes solo de seguro médico familiar, copagos aparte.
- Si das conferencias, cobra el día y la noche fuera de casa, no la hora de escenario, y negocia viaje y estancia acordes a tu nivel.
- Un buen mentor necesita experiencia real, formación en mentoring y habilidades sociales, y tiene que justificar cada consejo en vez de calcar su propia biografía.
- Tras un despido sénior, ponerse por cuenta propia protege la reputación mucho mejor que aceptar un puesto de menos nivel.
- La competencia social pesa más que la técnica dentro de una empresa, y los contactos solo sirven si se han cultivado de forma genuina.