Volumen 134 · Frogmación Podcast

Entrevista a Israel Marín - Tu deuda con la vida es ser siempre la mejor versión de ti mismo

Por Juan Gabriel Gomila • • 61 min de audio

0:00 / 0:00
Episodio 134: Entrevista a Israel Marín - Tu deuda con la vida es ser siempre la mejor versión de ti mismo

Momentos clave

Israel Marín estudió análisis de sistemas, programó durante diez años y nunca fue feliz haciéndolo. Hoy es mentor de alto rendimiento desde Brasil, y cuenta sin adornos lo que costó el cambio: un primer año facturando 4,8 dólares, un síndrome del impostor diario y una idea de productividad que no se parece nada al pomodoro. De ahí sale una definición muy concreta de propósito y una frase sobre tu nómina que incomoda.

El programador al que no le gusta programar

Israel viene de humanidades, se hizo analista de sistemas y programó unos diez años. Nunca disfrutó del oficio salvo cuando el proyecto le conectaba con algún propósito. Su aviso a quien quiera dedicarse a esto es que tiene que gustarte casi de forma fanática.

«Si no te gusta mucho, no va a ser un trabajo para ti.»

Titulación frente a lo que has hecho

Hizo un técnico superior, no universidad, y defiende que los ciclos son más prácticos. Cuando dirigía equipos, el currículum académico del candidato le importaba poco frente a los proyectos hechos. Y avisa: si no te gusta estudiar continuamente, no entres al sector.

«Si no eres una persona, la que le gusta estar continuamente estudiando, renovándose también, no entres.»

La carta de un alumno de kung-fu

Tras doce años entrenando kung-fu y ya como instructor en Brasil, un alumno que empezó siendo un desastre acabó siendo el mejor de la clase. Al despedirse le dejó una carta contándole el impacto que había tenido en su vida. Ahí Israel supo a qué quería dedicarse, aunque tardó diez años en saber cómo.

«Quiero impactar en la vida a las personas, quiero ayudarles a que sean su mejor versión.»

Dejar el mejor sueldo de tu vida

Salió de su mejor puesto, con las mejores condiciones y el mejor salario, hace un par de años. El motivo no fue el dinero ni la carrera, sino que no era feliz. Antes ya había emprendido varias veces sin el propósito ni la disciplina que tiene hoy.

«A pesar de las condiciones, a pesar de que tenía unos salarios muy buenos, yo no era feliz.»

El primer año: 4,8 dólares

Intentó montar una escuela de desarrollo personal con cursos de hábitos y finanzas y quiso abarcar demasiado. Trabajando más de ocho horas al día, facturó 4,8 dólares en doce meses. Luego contrató a un mentor de marca personal y ventas que le obligó a especializarse.

«en mi caso, el primer año, el primer año de trabajo, facturé un total de 4 con 8 dólares.»

Propósito es claridad compatible

Israel rechaza la idea de propósito como misión única de vida. Lo define como tener claridad en todas las áreas, dirección para alcanzarlas y, sobre todo, que esas áreas no se contradigan entre sí. Ahí es donde aparecen las incompatibilidades que casi nadie revisa.

«no significa, no es sólo tener claridad en todas las heraldas de la vida, sino que tienes que ver que son compatibles»

Productividad no es gestión del tiempo

Para él la productividad incluye salud, mentalidad y comunicación, y va mucho más allá del pomodoro. Lo llama transformación integral y reconoce que su mayor error fue no saber explicarlo. El mentor es una vitamina, no una medicina.

«la productividad es tener buena salud, la productividad es tener una buena mentalidad»

Marginales, interés compuesto y esfuerzo

Con los hábitos atómicos de James Clear y el equipo de ciclismo de Inglaterra como ejemplo, defiende las mejoras del 1 % que acaban componiendo. Pero descarta las promesas de resultados inmediatos: el esfuerzo hay que hacerlo igual.

«Ninguna herramienta, ninguna metodología va a ser la panacea»

El episodio, en profundidad

El invitado del episodio 134 se presenta como una mezcla de muchas cosas, y no es una pose. Israel Marín viene de humanidades —historia, historia del arte, latín, griego—, acabó siendo analista de sistemas y se pasó unos diez años programando. De adolescente soñaba con hacer videojuegos. Nunca lo hizo, y por el camino descubrió algo que le complicó la vida laboral: «yo me di cuenta que a pesar de que soy amante de la tecnología, soy amante de las personas».

Hoy trabaja como mentor de alto rendimiento con el proyecto The Dream Maker, ayudando a ejecutivos y profesionales a ganar claridad, sentido y dirección. La charla con Juan Gabriel Gomila recorre ese camino entero.

Diez años programando sin ser feliz

Israel no romantiza el oficio. A quien le pregunta si meterse a programar le responde lo mismo: «Si no te gusta mucho, no va a ser un trabajo para ti». Es un trabajo casi de fanáticos, y admite que envidia a quien lo es porque él nunca lo consiguió. Juan Gabriel lo compara con un detective, y él acepta la comparación: «el trabajo de programador es como trabajo de detectiva, casi casi».

Cuando sí disfrutó de programar fue por el proyecto, no por las funciones: si veía un propósito que conectaba con él, disfrutaba incluso escribiendo código; en una tienda de joyas, aquello era un suplicio. Por eso siempre terminaba derivando hacia puestos de gestión, donde podía trabajar con la motivación del equipo. Acabó cambiándose al área de producto, con experiencia de usuario. Le gustaba más. Seguía sin ser feliz.

Sobre formación es igual de tajante: hizo un técnico superior, no universidad, y sostiene que los ciclos son más prácticos. Cuando gestionaba departamentos, el currículum académico del candidato le importaba poco; prefería saber qué habías hecho. Su aviso para quien entre al sector: «Si no eres una persona, la que le gusta estar continuamente estudiando, renovándose también, no entres».

La carta que le cambió el rumbo

El desarrollo personal le venía de lejos. Entrenó kung-fu doce años hasta los máximos rangos y el título de instructor, y de ahí sacó la disciplina y la filosofía que después ha convertido en trabajo. Ya en Brasil dio clases, y tuvo un alumno que el primer día le pareció un desastre: descoordinado, inseguro. Con los meses se convirtió en el mejor de la clase, por pura constancia. Cuando Israel tuvo que mudarse a más de 2.000 kilómetros, el chico le llevó un regalo y una carta contándole cómo le había cambiado la vida.

Esa carta hizo dos cosas. Le devolvió lo que él mismo había sentido años antes al empezar a entrenar, y le dejó una certeza: «Quiero impactar en la vida a las personas, quiero ayudarles a que sean su mejor versión». No sabía cómo. Tardó unos diez años en averiguarlo, estudiando desarrollo personal, mentoría y coaching, y sacándose certificaciones por el camino.

Brasil, empezar de cero (dos veces)

Israel es de Logroño. Se casó con una brasileña, llegó la crisis, aguantó tres o cuatro años sin oportunidades en una ciudad pequeña y acabaron mudándose a Brasil. Fueron dos años duros, la relación se deterioró y, tras separarse, se fue solo a Curitiba a empezar de cero otra vez: lleva allí una década, doce años en Brasil. El portugués lo aprendió sin estudiar nada.

4,8 dólares en un año

Dejó su mejor trabajo, con las mejores condiciones y el mejor salario, hace un par de años, y el motivo cabe en una línea: «A pesar de las condiciones, a pesar de que tenía unos salarios muy buenos, yo no era feliz». Lo que vino después no fue bonito. Montó una escuela de desarrollo personal con cursos sobre hábitos y finanzas personales básicas, y con la idea de seguir por alimentación. Reconoce el error: «quise abarcar más de lo que podía». Y da la cifra sin maquillarla: «en mi caso, el primer año, el primer año de trabajo, facturé un total de 4 con 8 dólares», trabajando más de ocho horas diarias.

Contrató entonces a un mentor de marca personal, negocio y ventas que le obligó a enfocarse. Ahí apareció la productividad, algo casi innato en él: dice que construye un algoritmo hasta para ir a comprar el pan.

Su consejo para quien vaya a lanzarse es que sin un sueño detrás, un propósito significativo que no sea solo ganar dinero, mejor no meterse: «No le intentes porque vas a sufrir mucho». Y matiza al empresario brasileño que oyó definir el propósito como una anestesia: no lo es, porque «los golpes lo vas a sentir igual», solo que vas a continuar. Juan Gabriel devuelve su propio espejo: salió de un puesto de liderazgo en una empresa de videojuegos y facturó 126 dólares con su primer curso online.

Propósito no es una misión de vida

Esta es la parte más útil del episodio. Israel usa la palabra propósito con cuidado, porque la gente la asocia a una misión única —el ejemplo que pone es Madre Teresa de Calcuta y los leprosos—. Para él es otra cosa: claridad en todas las áreas de tu vida, dirección para saber cómo llegar a cada una y, sobre todo, que sean compatibles entre sí.

La incompatibilidad es lo que nadie revisa. Pone el caso de quien quiere ser CEO de una multinacional viajando a diario y a la vez formar una familia: «tienes que ver que son compatibles». Y ataca las respuestas vagas: querer «un buen trabajo» o «ganar bien» no significa nada hasta que pones cifra y condiciones.

Vitamina, no medicina

La productividad, dice, está mucho más lejos que el pomodoro: «la productividad es tener buena salud, la productividad es tener una buena mentalidad», y saber comunicarte. Por eso llama a su trabajo transformación integral, y admite que su mayor error fue no saber transmitirlo.

A quien duda si contratar a un mentor le pide que se posicione como inversor, porque esto funciona como el interés compuesto: curva plana al principio y luego crecimiento. Se apoya en los hábitos atómicos de James Clear y en el equipo de ciclismo de Inglaterra que, con un responsable llamado Dave cuyo apellido no recuerda, mejoró sillín, pedales y manillar hasta un 25 % acumulado y empezó a ganar campeonatos. Pero avisa contra las promesas de resultados inmediatos: «Ninguna herramienta, ninguna metodología va a ser la panacea». Los ciclistas siguieron teniendo que pedalear y sudar.

El alto rendimiento, insiste, es un estilo de vida y sirve para cualquiera: «Para cualquiera, para cualquiera y el alto rendimiento no es solo para el trabajo». También para la salud, la pareja o la espiritualidad. Su cierre es coherente: «no me tienes que contratar a mí, pero estudia, estudia». Porque «es un camino que no tiene fin. Siempre puedes crecer. Siempre».

De regalo, sus recomendaciones: la serie Vikingos, avisando de que tiene bastante violencia, y la trilogía Conversaciones con Dios, que le supuso una ruptura de paradigma y que recomienda leer quedándose con el mensaje, se crea o no en la parte espiritual. El título del episodio lo puso él mismo, en el juego que Juan Gabriel estrena con los últimos invitados: tu deuda con la vida es ser siempre tu mejor versión.

Lo que te llevas

  • Disfrutar de programar depende más del proyecto y su propósito que del propio código: sin conexión con lo que construyes, el oficio se hace un suplicio.
  • Emprender sin un propósito significativo detrás, más allá de ganar dinero, es garantía de sufrimiento; el propósito no anestesia los golpes, solo te hace continuar.
  • El propósito no es una misión de vida única: es tener claridad en todas las áreas, dirección para alcanzarlas y comprobar que son compatibles entre sí.
  • Respuestas como querer un buen trabajo o ganar bien no sirven hasta que pones cifras y condiciones concretas.
  • La productividad incluye salud, mentalidad y comunicación; reducirla a técnicas de gestión del tiempo deja fuera lo que de verdad limita el rendimiento.
  • El alto rendimiento funciona como el interés compuesto: mejoras del 1 % que tardan en verse, y ninguna herramienta sustituye al esfuerzo.
  • El primer año de Israel facturando 4,8 dólares es el recordatorio de que el síndrome del impostor y los números malos conviven con un proyecto que después funciona.

Enlaces del episodio

¿Te gusta nuestro rollo?

Únete a las más de 600.000 personas que ya se han formado con nosotros en todo el mundo.