Volumen 135 · Frogmación Podcast

Top 10 de cosas que odio de volar en avión

Por Juan Gabriel Gomila • • 26 min de audio

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Episodio 135: Top 10 de cosas que odio de volar en avión

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Momentos clave

Tras un año viajando a Estados Unidos, Alemania, Turquía y Omán para dar formaciones, Juan Gabriel Gomila dedica un episodio entero a desahogarse. Diez quejas concretas sobre volar, de la norma del cinturón aplicada a medias al carrito de la comida que pasa de largo mientras duermes. Debajo de todas late la misma petición: uniformidad.

El cinturón que unos llevan y otros no

Le indigna que en el aterrizaje se exija el cinturón a los adultos y se pase por alto a los niños de un equipo deportivo. Entiende lo difícil que es controlar a veinte críos con tres entrenadores, pero recuerda que es seguridad, no una manía, y lo compara con reñir a un alumno en clase.

«entiendo que es una norma de seguridad, que no es un capricho»

Deshacer el tetris de la maleta

En unos aeropuertos hay que sacarlo todo y quitarse cinturón, botas y sudadera; en otros no se saca nada, con el mismo escáner delante. Aceptaría una explicación técnica, pero no el aparente capricho.

«Chicos, control de seguridad me parece muy bien, pero poneros de acuerdo»

Escalas de siete u ocho horas

Salir de Mallorca obliga a encadenar dos o tres aviones, con esperas que no dan para salir del aeropuerto y que sin visado ni siquiera permiten pisar la calle. Nota que cada vez las lleva peor aunque las distancias no crezcan.

«o se ve que las esperas cada vez se me hacen más largas o lo llevo peor, o que me vuelvo viejo, que también puede ser»

El alemán dormido en la cinta

Aterrizar en Palma es aterrizar en un aeropuerto con más alemanes que españoles, muchos de ellos llegando ya borrachos desde el propio vuelo. La estampa que resume el punto es un pasajero durmiendo la mona sobre la cinta de equipajes, bajo el cartel que lo prohíbe.

«se quedó dormido en la cinta de los equipajes»

El VIP que nadie te avisa de que tienes

A veces la tarjeta de embarque en papel sale con priority sin haberlo pagado, y solo se entera si se fija al facturar. No se queja del regalo, sino de que ni la aerolínea ni la agencia se lo digan.

«es como que te haya tocado la lotería, tienes el billete premiado de lotería, pero no tienes ni idea de que te ha tocado la lotería»

Madrugar a las dos y dormir en medio

Los enlaces obligan a levantarse de madrugada y a aterrizar con la jornada ya hecha, muchas veces para ir directo a dar clase. Y en el avión, el asiento del medio no permite descansar de verdad.

«si te caes pa' un lado te quedas casi abrazado al de la derecha, si te caes pa' el otro lado te quedas abrazado al de la izquierda»

El carrito de la comida que pasa de largo

Su queja más visceral: quedarse dormido en un vuelo largo y descubrir, por el olor del plato del vecino, que ya no le han dejado bandeja. Pide que le despierten salvo que haya pedido lo contrario.

«Yo me cago en su nación, ¿por qué no me dejas la comida en un vuelo largo?»

Uniformidad: lo que pide de verdad

El hilo que une los diez puntos es la falta de criterio estable: cinturón, control, cinta de equipajes y priority cambian sin explicación. Lo compara con que a veces te quiten puntos por saltarte un semáforo y a veces no.

«dime que es una ley, dime que es una directriz, dime que es una obligación, pero hazla uniforme»

El episodio, en profundidad

El episodio 135 de Frogmación se graba en caliente. Juan Gabriel Gomila vuelve de viaje y lo dice sin rodeos: «este episodio de hoy me servirá un poquito para desahogarme de las 10 cosas que odio de viajar en avión». No es improvisado: lleva todo 2024 apuntándose motivos, un año dando formaciones por Estados Unidos, Inglaterra, Alemania, Turquía y Omán, más los saltos continuos a Barcelona, Madrid y Galicia. Y vive en Mallorca: de una isla solo se sale en avión o en barco.

Uno y dos: el cinturón a medias y el tetris de la maleta

La primera es el cinturón. No discute la norma, sino que se aplique a unos sí y a otros no. En el último vuelo a Barcelona vio a la azafata pedirlo a los adultos y saltarse a los niños de un equipo deportivo repartido por el avión. Entiende la dificultad —«que dos o tres adultos se tenían que hacer cargo de 20 niños»—, pero el argumento le parece de cajón: «entiendo que es una norma de seguridad, que no es un capricho». Y remata con la física: «si nos pegamos una hostia o el avión frena, la hostia se lo va a pegar el niño de 7 años».

La segunda es el control de seguridad. En unos hay que sacar electrónica, líquidos, cepillo y maquinilla, e incluso quitarse cinturón, botas o la sudadera con capucha —en Alemania, todas las veces—; en otros, con el mismo escáner delante, no se saca nada. Lo que le revienta no es el registro, sino deshacer el tetris de la maleta un día sí y otro no. «Chicos, control de seguridad me parece muy bien, pero poneros de acuerdo.» Aceptaría que fuese cosa de las máquinas, si lo explicaran.

Tres: escalas de siete u ocho horas

Vivir en Mallorca significa que casi ningún viaje internacional es directo. Primero salir de la isla (Barcelona, Madrid o algún aeropuerto alemán), después una escala grande —Estambul, Qatar, Dubai, Abu Dhabi, Chicago— y de ahí al destino: dos o tres aviones como mínimo, con esperas que no son de media hora, «a veces son 7 o 8 horas». No da para ver la ciudad y, sin visado, a veces ni se puede salir de la zona internacional. Y le pesan más que antes: tardó lo mismo en llegar a Omán que en su último vuelo a Bolivia. Su diagnóstico es honesto: «o se ve que las esperas cada vez se me hacen más largas o lo llevo peor, o que me vuelvo viejo, que también puede ser».

Cuatro: aterrizar en Mallorca y no saber si has aterrizado en Alemania

El cuarto punto es el turismo alemán de borrachera. Dice que Mallorca funciona casi como un estado federado alemán más: al aterrizar no sabe si está en Palma, en Stuttgart, en Múnich o en Berlín, porque «hay más alemanes que españoles, literalmente». Y llegan ya cargados desde el vuelo. Recuerda un avión entero cantando de vuelta de Alemania, con pasajeros de cuarenta y cincuenta años rumbo a Magaluf o Ca'n Pastilla. La escena que se le quedó grabada fue en la recogida de equipajes: uno de ellos «se quedó dormido en la cinta de los equipajes», bajo el cartel que lo prohíbe. «Pues el tío dio vueltas como si aquello fuera un tío vivo, es increíble.» De ahí enlaza con lo que le cuentan amigas enfermeras, las noticias de cada verano —balconing, atropellos, paros cardíacos— y con los litros de cerveza baratos del Megapark: «si ya vienen contajada y aquí se van contajada y media, pues alguno que otro tiene que quedar por el camino».

Cinco: el priority que aparece sin haberlo pagado

La quinta no es una queja por el trato, sino por la opacidad. A veces, al facturar la maleta, la tarjeta de embarque en papel sale con un VIP o un priority que él no ha comprado. No se queja del regalo —«tampoco voy a ir en plan hater hoy»—, sino de enterarse por casualidad: en la tarjeta digital no aparece y nadie le avisa. Preguntando en el aeropuerto de Palma descubrió que servía para saltarse la cola, algo que en Barcelona puede valer media hora. Pide un aviso de la agencia con la que reserva, Expedia: «tienes el billete premiado de lotería, pero no tienes ni idea de que te ha tocado la lotería».

Seis, siete y ocho: madrugones, asiento del medio y la bandeja que no llega

Encadenar vuelos obliga a levantarse a las dos o las tres de la madrugada; el primer vuelo desde Mallorca sale a las seis. Para volver de Omán tuvo que estar en el aeropuerto a las tres: «me tengo que levantar a las dos para poder coger el taxi que me lleve a los sitios». Y el argumento de que ya dormirá en el avión no vale: «es fácil dormir, pero es difícil relajarse», y suele aterrizar con la jornada ya hecha sentado para irse directo a dar clase.

El séptimo es el asiento del medio. Viaja con almohada de cuello, pero entre dos desconocidos no hay postura: «si te caes pa' un lado te quedas casi abrazado al de la derecha». Y su variante peor: el vecino que no calla mientras te caes de sueño. El octavo es el que más le duele: dormirse y que el carrito de la comida pase de largo. «Yo me cago en su nación, ¿por qué no me dejas la comida en un vuelo largo?» Se despierta por el olor del plato del vecino: «yo me levanto como si fuera un suricato por hambre de oler comida». Su petición es simple: si no ha puesto el cartel de no molestar, «por lo menos molestame y déjame la comida».

Nueve y diez: la cinta que te toca y el vídeo que se sabe de memoria

El noveno vuelve al problema de fondo: unas veces el equipaje sale en la cinta con el nombre del vuelo y otras, sin criterio aparente, en la de origen no comunitario. Volviendo de San Francisco le ha pasado de las dos maneras. Pide que al menos «no parezca aleatorio o no parezca el capricho de algún gilipollas».

Y el décimo, el vídeo de seguridad. Entiende que sea obligatorio, pero se lo sabe entero: la única variante que ha visto en años fue la de la mascarilla durante el Covid. Le molesta que encima se enfaden si lleva los auriculares puestos, sobre todo en la fila de emergencia. Su descargo: «no me mires mal azafato azafata, no me mires mal, yo ya me lo sé». «No me des la turra con la mascarilla y el cinturón y cómo se aprieta, porque ya me la sé de memoria.»

Lo que de verdad pide

Debajo del desahogo hay una sola petición, repetida en media lista: consistencia. Si es norma, que sea norma siempre; si es criterio, que se explique. «Dime que es una ley, dime que es una directriz, dime que es una obligación, pero hazla uniforme.» Lo compara con el semáforo en rojo: no puede ser que unas veces te quiten puntos y otras no. Cierra pidiendo en los comentarios cuál de los diez parece el peor: «quiero uniformidad, quiero cosas claras, cosas consistentes».

Lo que te llevas

  • Volar mucho por trabajo desde una isla significa dos o tres aviones por viaje: el problema no es el vuelo, son las costuras entre vuelos.
  • Las normas de seguridad pierden autoridad cuando se aplican a unos sí y a otros no; el ejemplo del cinturón y los niños lo resume.
  • La falta de uniformidad entre aeropuertos (sacar o no la maleta, quitarse o no la ropa) irrita más que el propio control.
  • Una escala de siete u ocho horas no es tiempo libre: sin visado a veces no se puede ni salir de la zona internacional.
  • Dormir en un vuelo largo es fácil; recuperarse no, y menos si al aterrizar toca ir directo a trabajar.
  • Beneficios como el priority asignado sin pagarlo no sirven de nada si nadie avisa al pasajero de que los tiene.

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