Momentos clave
Carlos Campaña pasó seis años de profesor en profesor sin llegar a afinar, hasta que dio con una técnica que le cambió la voz. En el episodio 150 explica por qué el talento es el mito más limitante del canto, qué hace distinto al método de VoKalo y cuánto se tarda de verdad en mejorar.
Del estudio de videojuegos a la banda
Carlos quería ser programador de videojuegos y lo fue: trabajó en un estudio que cerró, dio clases y cofundó un estudio en Valencia con juegos que funcionaron en Japón. Lo dejó porque la profesión no era lo que parecía desde fuera y la música tiraba más.
El golpe de escucharse grabado
A los 21 se escuchó por un micro y descubrió que no cantaba tan bien como creía. A partir de ahí, seis años de profesores y cursos sin avanzar, empezando en 2004.
«realmente he estado muy triste, por no conseguir lo que quería»
El mito del talento
Para Carlos el talento es la creencia que más limita a la gente, porque atribuye a un don lo que suelen ser horas de trabajo y te quita el control sobre lo que puedes conseguir.
«el gran mito es el del talento, es el más grande y el que más limita a todo el mundo»
La voz no tiene nada de mágico
Su descripción de la voz es deliberadamente mecánica: cuando el sistema se descoordina salen los gallos. Y eso se reeduca como se aprende a montar en bicicleta o a escribir con buena letra.
«son músculos, son ligamentos, son órganos en funcionamiento»
Contra las metáforas del canto
La segunda diferencia del método es el lenguaje: nada de indicaciones interpretables, porque cada profesor entiende una cosa distinta por apoyar la voz y lo que uno siente no tiene por qué sentirlo otro.
«tienes que cubrir la vocal, tienes que enviar la voz a los ojos, tienes que cantar con el estómago»
Oído musical y voces feas
Si te gusta la música ya tienes oído musical; el absoluto lo tiene poca gente y no hace falta. Y una voz fea es una cuestión de resonancias que se pueden reequilibrar, como los graves y los agudos de un equipo.
«por mucha teoría que sepas a nivel de música, no te va a ayudar a usar los músculos de tu garganta de forma diferente»
Hay que fallar y ya está
El objetivo es que cantar no cueste esfuerzo, pero por el camino se fuerza y eso es inevitable. Quedarse en la zona segura por miedo a hacerse daño impide explorar.
«la voz es delicada pero aguanta, aguanta»
Los jubilados que se dan otra oportunidad
Los casos que más le tocan son los de personas mayores a las que de niñas les dijeron que no servían para cantar y que acaban en un coro o montando una banda. De ahí su consejo de explorar cualquier inquietud.
«les dijeron de pequeños que no podían cantar y como ahora tenían tiempo y van a darse una última oportunidad y de repente están cantando en coro»
El episodio, en profundidad
El episodio 150 de Frogmación es, por una vez, sobre música. Juan Gabriel Gomila lo confiesa de entrada: es músico, toca la batería y el piano, y el canto es una de sus pasiones frustradas. La excusa para sacar el tema es Carlos Campaña, de VoKalo, que sostiene algo incómodo: cantar tiene que ser fácil y casi cualquiera puede aprender.
Del videojuego al micrófono
De pequeño Carlos no quería ser cantante, sino programador de videojuegos, y lo fue: trabajó en un estudio que acabó cerrando, dio clases y después cofundó un estudio en Valencia con juegos que funcionaron en Japón. Lo dejó porque la profesión no es lo que se ve desde fuera y la música tiraba más: le había llegado a los 15, con unas clases de batería de regalo, el heavy metal y una banda de amigos.
Los dos coinciden punto por punto, y de ahí sale la comparación que atraviesa el episodio: la técnica es un tostón —cuatro golpes con la izquierda, cuatro con la derecha— pero es lo que hace que luego salga el redoble. Como la caligrafía: no le gusta a nadie y sin ella no hay letra bonita. Con la voz, en cambio, exigimos que salga bien a la primera.
Seis años sin avanzar
A los 21 le picó el gusanillo. Hasta que se escuchó por un micro estaba convencido de que cantaba de maravilla; el golpe de realidad fue duro y, dice, necesario. Desde 2004 empezó un peregrinaje de seis años de profesor en profesor sin resultados: «realmente he estado muy triste, por no conseguir lo que quería».
Con mejor inglés y mejor conexión descubrió que en Norteamérica se enseñaba una técnica que desmentía buena parte de lo que daba por cierto. No podía estudiarla: estaba allí o, como mucho, en Londres, y con veintipocos años no tenía ni dinero ni momento. La dejó en la recámara hasta que años después pudo probarla. Ese fue el renacer. Lleva cerca de doce años entrenando así, y haber pasado antes por métodos que no funcionaban es lo que le permite detectar rápido el problema en otra voz.
El mito del talento
Sobre los mitos de la voz, Carlos no duda: «el gran mito es el del talento, es el más grande y el que más limita a todo el mundo». Es una etiqueta que ponemos desde fuera sin saber cuántas horas hay detrás —su compañera, Esther, partía de mejor sitio que él, pero también se pasó horas grabándose— y además desactiva: «a mí lo del talento sabe que no me gusta, porque también te quita un poco el control». Su descripción de la voz es deliberadamente poco mágica: «son músculos, son ligamentos, son órganos en funcionamiento» que, cuando se descoordinan, sueltan gallos.
Qué hace distinto al método
Señala dos diferencias. La primera, la respiración: en el canto se trata como el pilar fundamental y él se pasó horas con ejercicios respiratorios sin sacar nada. En VoKalo «no trabajamos la respiración directamente, la trabajamos de forma indirecta», porque aire y fonación van juntos: puedes coger el aire perfectamente y arruinarlo al emitir con el cuello en tensión.
La segunda es el lenguaje. El canto está lleno de metáforas: «tienes que cubrir la vocal, tienes que enviar la voz a los ojos, tienes que cantar con el estómago». Pregunta a diez profesores qué es apoyar la voz y te darán diez respuestas; y que él la sienta en los ojos al cantar un agudo no significa que tú tengas que sentirla igual. Su alternativa es partir del sonido que sale y dar un ejercicio que reajuste el sistema sin pensar en nada especial. De ahí que sea personalizado, que grabarse forme parte del trabajo y que se ataque un problema cada vez.
Oído musical, voces feas y notas imposibles
¿Y si no tienes oído? Si te gusta la música, ya tienes oído musical. Lo otro es el oído absoluto, que tiene poca gente —él no— y no hace falta. Con la teoría pasa parecido: amplía la caja de herramientas, en la imagen de Juan Gabriel, pero «por mucha teoría que sepas a nivel de música, no te va a ayudar a usar los músculos de tu garganta de forma diferente». El ejemplo es Pavarotti, del que se dice que no leía partituras.
La voz fea tampoco es un destino: es cuestión de resonancia. Una guitarra con la caja equivocada suena pobre; las cavidades de la voz sí son móviles, y sus frecuencias se equilibran como los graves y agudos de un equipo. En los agudos hay margen —estirar las cuerdas vocales, como una goma elástica que vibra más rápido— y cita a Adam López, que batió dos veces el récord de nota más aguda en hombre, la segunda con una nota fuera del piano. Si fuera pura genética, razona, no habría necesitado entrenar para batirlo dos veces. En los graves el margen es menor: depende del grosor de las cuerdas.
Salud vocal y peso muerto
El consejo número uno para no hacerse daño da título al episodio: «el primer consejo es que cantar tiene que ser fácil». No hay que sufrir, ni empujar, ni hacer fuerza. Ahora bien, por el camino se fuerza: «la voz es delicada pero aguanta, aguanta», y «hablando en plata, es que tienes que fallar y ya está». Mientras no hagas el burro no romperás nada; quedarte en un rinconcito por miedo sí te impide explorar.
El mayor reto no es técnico: es dejar de machacarse. Un guitarrista falla una nota y no pasa nada; a un cantante le sale un gallo en el bar y le cae el estigma entero. Mismo fallo muscular, pero «eso pone mucha, mucha, mucha carga emocional a la persona, muchísima», y lo ha visto en profesionales que no se permiten fallar ni en privado. El antídoto es fijarse en lo pequeño: «lo importante es ver las pequeñas mejoras». Juan Gabriel lo traduce a videojuegos: «el jugador se tiene que frustrar positivamente».
Cómo se empieza en VoKalo
Las sesiones uno a uno van por videollamada: unas preguntas de salud y objetivos y, acto seguido, un ejercicio que deja la voz al desnudo, malo para quien lo hace y buenísimo para diagnosticar. A partir de ahí, aislar tensiones y repetir. La otra vía es un curso que, gracias al pasado de programador de Carlos, diagnostica y asigna la rutina que toca. Con diez minutos al día la mejoría se nota en un mes y de media, «en seis meses, puedes mejorar muchísimo la voz». Mejorar no es cantar de golpe como un profesional: es forzar menos y llegar un poco más arriba. Se empieza por la lista de correo gratuita de vokalo.es.
Lo que más le toca son los jubilados: gente a la que «les dijeron de pequeños que no podían cantar y como ahora tenían tiempo y van a darse una última oportunidad y de repente están cantando en coro», montando bandas. De ahí su consejo final: «mi recomendación personal es que como mínimo lo explores». Se despide recomendando Star Wars y poniéndole título al episodio: cantar puede ser fácil. Para ampliar la caja de herramientas por el lado de la teoría, en Frogames tienes Fundamentos de la Teoría Musical.
Lo que te llevas
- El talento es la creencia que más frena a quien quiere cantar: la voz son músculos y ligamentos que se reeducan con repetición.
- En VoKalo la respiración no se entrena por separado, sino junto a la fonación, porque aislada no dice nada del estado de la voz.
- Las indicaciones tienen que ser objetivas: las metáforas del canto (apoyar la voz, cantar con el estómago) significan cosas distintas para cada persona.
- Grabarse y escucharse es parte del método: dentro de la cabeza uno se oye distinto de como suena fuera.
- Con diez minutos diarios se nota mejoría en un mes y de media en seis meses la voz cambia mucho, pero mejorar no es cantar como un profesional de un día para otro.
- No hace falta oído absoluto ni teoría musical para cantar: la teoría amplía la caja de herramientas, pero no cambia cómo usas los músculos.
- Forzar algo por el camino es inevitable; el problema no es fallar, sino la carga emocional que le ponemos al fallo.