Momentos clave
Ire Martín lleva veinte años en desarrollo personal y doce emprendiendo, y en este episodio desmonta la idea de que con mentalidad basta. La presentación cuenta que emprendió con un diagnóstico de esclerosis múltiple y que atravesó trastornos alimentarios; ella habla de la ira reprimida como el freno que nadie mira, de la IA que entrenó con su propio método y que atiende más de mil consultas al mes, y de por qué a los terapeutas les conviene escuchar lo que está pasando en vez de enfadarse.
Dejar la carrera de psicología por segunda vez
Retomó psicología hace seis o siete años y volvió a dejarla con unas cuatro asignaturas pendientes. Volver al sistema educativo en pandemia, con exámenes digitales y copias por todas partes, le pareció una hostia de realidad para un título que no iba a usar.
«creo que la formación reglada está muy lejos de la practicidad luego a nivel laboral»
Mentalidad y gestión emocional no son lo mismo
Para ella la mentalidad es convencerte de algo y la usamos como sinónimo de actitud. La actitud se controla en un momento puntual, pero cuando hay heridas debajo se queda corta y hay que ir a lo inconsciente.
«la mentalidad llega hasta o cierto punto»
Que las heridas no lideren tu empresa
Trabaja sobre todo con emprendedoras porque al no haber jefe se despierta todo lo que estaba dormido. Su prioridad es que las decisiones de negocio no las tome la herida: ni el precio inflado que luego no puedes defender ni la empresa montada para compensar algo.
«que las heridas no lideren las decisiones de tu empresa»
La ira reprimida y las explosiones controladas
Sostiene que la ira es la emoción peor gestionada del emprendimiento: aparece al complacer al cliente y al no poner en su sitio a un equipo al que le has cogido cariño. Su consejo es dejar de reprimirla poco a poco, no montar el pollo.
«explosiones controladas, no como cuando van a derribar un edificio»
Una IA entrenada con su metodología
Con 300 páginas de método documentado y cuatro años enseñándolo, entrenar la IA le resultó más fácil que entrenar personas. Hoy atiende más de mil consultas al mes y recoge lo que a la gente le da vergüenza preguntar delante de otros.
«yo no podría atender mil peticiones al mes, no lo podría hacer»
La IA y el futuro de los terapeutas
Critica que los psicólogos no tengan visión empresarial y defiende que la fuga hacia la IA es la prueba de que el formato actual no está funcionando. Cree que la figura humana seguirá siendo necesaria, pero de forma radicalmente distinta.
«es porque eso evidencia que hay una necesidad»
Los tres frenos emocionales del emprendedor
Complacer desde una herida, la misión compensatoria de objetivos altísimos con autoconcepto bajo y el miedo a la exposición. Debajo, dice, solo hay tres problemas que cambian de escenario pero no de fondo.
«hay una línea muy fina entre complacer porque estoy llenando una herida emocional»
El ego que aprende vocabulario espiritual
Llama secuestrador mental a lo que te vende una idea como propia, y avisa de que cuanto más vocabulario espiritual acumulas mejor te manipula. Su antídoto es el humor y trabajar con profesionales comprometidos con su propio proceso.
«es un ego como un piano»
El episodio, en profundidad
Hay entrevistas que empiezan hablando de mentalidad y acaban hablando de la ira. La de Ire Martín en el episodio 153 de Frogmación es de esas: gestión emocional para emprendedores, una IA entrenada con su método y una pregunta que a su sector le sienta fatal.
Antes de que ella diga nada, Juan Gabriel la presenta contando de dónde viene: emprendió mientras se enfrentaba a un diagnóstico de esclerosis múltiple, atravesó trastornos alimentarios y acabó atrapada en «un negocio que brillaba en números, pero la estaba devorando por dentro», hasta que «decidió romper con todo» para reconstruirse «desde la única base posible, tu paz mental». Ella no vuelve sobre ello en toda la hora, pero ahí está el suelo de lo que viene después.
La creatividad como válvula de escape
Su infancia, dice sin adornarla, no fue ideal: en casa todo bien, pero hubo mucha inestabilidad emocional. Se refugió en la creatividad, un mecanismo de defensa, reconoce hoy, para no enfrentarse a lo que vivía. Empezó empresariales por hacer lo correcto, como la niña buena que era, terminó en publicidad y de ahí saltó a la terapia, buscando un camino alternativo desde una idea simple: «no puede ser tan mierda todo».
La carrera de psicología la retomó hace seis o siete años y la volvió a dejar con cuatro asignaturas: volver al sistema educativo en pandemia, con exámenes digitales y todo el mundo copiando, fue el empujón. «me voy a gastar 16.000 euros», pensó, para un título que no iba a usar. La universidad estructura, admite, pero «creo que la formación reglada está muy lejos de la practicidad luego a nivel laboral». Juan Gabriel, matemático, cuenta que jamás le han pedido el título: lo que se evalúa son las habilidades blandas. Aun así avaló su metodología con la Universidad Europea, y le costó: llevaba años diciendo que la titulitis es una tontería.
Mentalidad no es lo mismo que gestión emocional
Para ella, mentalidad es convencerte de algo, y la usamos como sinónimo de actitud: se controla en un momento puntual, pero no siempre, y cuando hay heridas debajo se queda corta, como quien conduce perfectamente hasta el día del examen. Su método, Procesos Mentales Inconscientes, va justo ahí. En vez de quedarse en el discurso —esa creencia de que el dinero se consigue con esfuerzo y sacrificio, que no sabes en qué se traduce a diario porque, si es inconsciente, no lo sabes—, mira cómo se comporta la emoción hoy, en la situación concreta, y renuncia a la lista infinita de cosas que trabajar, que a ella solo le generaba culpa.
La ira, la emoción que nadie gestiona
El 95% de sus clientes son emprendedores, sobre todo mujeres: al emprender desaparece el jefe para el que nos entrenan desde el colegio, y se despierta todo. De ahí su prioridad: «que las heridas no lideren las decisiones de tu empresa». Y aquí su tesis incómoda: se habla mucho del miedo y de la autoestima, pero la emoción peor gestionada es la ira. Asoma cuando no queremos incomodar al cliente y acabamos regalando y fraccionando, y sobre todo en los equipos, cuando le has cogido cariño a la gente y no la pones en su sitio.
Su consejo es dejar de reprimirla a ver qué pasa, con el matiz que ella misma añade: no es montar el pollo, es ir soltando de a poco. «explosiones controladas, no como cuando van a derribar un edificio». En un retiro con clientas en Ibiza en 2019, su mayor miedo no era que le fallara nadie, sino explotar ella: «tenía mucho miedo de mi misma». Su explicación es fisiológica: «la función biológica de la ira es poner límites», así que quien no los pone se siente invadido y vive a la defensiva. En cuanto te das permiso, el cortisol baja y las explosiones dejan de hacer falta.
Mil consultas al mes atendidas por una IA
Sus 300 páginas de metodología y cuatro años enseñándosela a otras profesionales le dejaron clarísimos los fallos al aplicarla. Con eso documentado, entrenó con ella una IA, personalmente y sin tener ni idea de tecnología. Su comparación: «el humano es el ser que más errores cometen la vida siempre», así que la IA le hacía muchísimo más caso. Hoy gestiona más de mil consultas al mes, pero insiste en que no la sustituye: recoge lo que la gente no se atreve a sacar delante de otros, del matrimonio que no funciona a la ruina. El objetivo no es dar consejos, sino cambiar la percepción del problema. La razón práctica: «yo no podría atender mil peticiones al mes, no lo podría hacer», al menos no con calidad.
¿Reemplazará la IA a los terapeutas?
La pregunta obligada la responde sin ponerse de perfil y es dura con los suyos. Recuerda el enfado de muchos psicólogos cuando El País publicó un artículo sobre el tema, y su diagnóstico es rotundo: «no tienen visión empresarial» para hacer rentables sus negocios. Si la gente se va a la IA, añade, «es porque eso evidencia que hay una necesidad»: nadie se mueve cuando lo que tiene le funciona. Y sobre pedir ayuda, «hay muchísimo estigma y muchísimo miedo». Su pronóstico: la figura humana no desaparece —hay neuronas espejo y necesidad de pertenencia—, pero el formato cambiará radicalmente, como le pasó al entrenador personal cuando todo el mundo aprendió a hacer sentadillas: tuvo que sofisticarse. Su postura es no tenerle miedo a la evolución y acompañarla sin inventarse una realidad que no existe.
Los tres frenos que el emprendedor no ve
Le pedimos su top tres de frenos. El primero, complacer: «hay una línea muy fina entre complacer porque estoy llenando una herida emocional» y hacerlo porque te estás currando que el cliente esté bien; cruzarla quema y engancha a la aprobación externa. El segundo, la misión compensatoria: objetivos altísimos sostenidos por un autoconcepto muy bajo, que se caen rápido. El tercero, el miedo a la exposición, letal en una marca personal. Debajo pone algo más simple, «solo hay tres problemas en la vida», y el inconsciente no entiende de escenarios: se proyectan igual en tu pareja, en tus hijos o en tu empresa. Tampoco espera que el dinero lo arregle: creía que al estabilizarse llegaría la calma y descubrió que a 10.000 o a 100.000 euros al mes «vas a tener movidas con el equipo», y que la estructura que montó terminó ahogándola.
El ego que aprende vocabulario
Al hablar del ego espiritual aparece su secuestrador mental: eso que te coge una idea y te convence de que es tuya. Cuanto más vocabulario espiritual acumulas, mejor te manipula, porque también aprende las palabras: alguien dice que habla desde el ser y «es un ego como un piano». Su antídoto es humor y trabajar con profesionales comprometidos con su propio proceso: nunca llevas a un cliente donde tú no has llegado. De ahí que «los cambios no se fuerzan»: se inspiran. En la era del scroll, «no lucho contra el déficit de atención»: dedica los últimos cinco minutos de clase a aplicarlo. Se despide recomendando el libro Dejar ir, de David R. Hawkins, y la serie The White Lotus. Todo lo suyo está en soyiremartin.com.
Lo que te llevas
- La mentalidad sirve para sostener una actitud puntual; cuando hay heridas debajo, hace falta gestión emocional y no autoconvencimiento.
- La ira reprimida se paga en el negocio: precios que no defiendes, clientes a los que complaces y equipos a los que no pones límites.
- Poner límites es la función biológica de la ira; al darse permiso baja el cortisol y desaparecen las explosiones grandes.
- Documentar un método hasta el detalle es lo que permite entrenar con él una IA: ella lo hizo sin saber de tecnología.
- La gente consulta a una IA lo que le da vergüenza contar a un humano, y eso indica un fallo de formato del sector, no de la demanda.
- Ganar más no trae paz mental: cada etapa tiene sus propios retos y estructuras grandes que ahogan.
- Complacer, la misión compensatoria y el miedo a la exposición son los tres frenos que el emprendedor rara vez identifica.