Volumen 172 · Frogmación Podcast

La historia de la última gota del condenado

Por Juan Gabriel Gomila • • 14 min de audio

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Episodio 172: La historia de la última gota del condenado

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Momentos clave

Un científico convenció a un condenado a muerte de que se estaba desangrando, y el hombre murió sin perder una sola gota. Juan Gabriel recupera en este episodio corto el formato de anécdota para explicar por qué la mente ejecuta al pie de la letra lo que le contamos, y cómo ese mismo mecanismo nos frena antes de arrancar un negocio. Te llevas una vacuna contra el goteo de opiniones ajenas.

Vuelve el episodio corto de anécdota

Quinta temporada, y Juan Gabriel recupera un formato de los inicios. En la primera temporada sacaba dos episodios por semana: uno largo de entrevista u opinión y otro de cinco a diez minutos. Los datos de YouTube y Spotify le confirman que mucha gente no dispone de una hora seguida.

«Voy a intentar recuperar esas anécdotas cortitas.»

El tabú de hablar de emprender

La razón de ser del episodio. Mucha gente le sigue buscando formación en tecnología para acabar montando algo propio, pero el arranque de un negocio desde cero se comenta poco y mal.

«existe una especie de tabú alrededor de este tema que nos impide hablar amplia y llanamente de lo que es arrancar un negocio desde cero»

La teoría de la última gota de sangre

Lo presenta como un experimento perturbador y como una historia basada en hechos reales. Un científico de Phoenix, Arizona, quería demostrar una hipótesis sobre lo que ocurre cuando alguien cree que se desangra. El obstáculo era encontrar un voluntario dispuesto a llegar hasta el final.

«El experimento contaba que realmente una persona que siente que está en sus últimos momentos desangrándose acaba muriendo.»

Dónde buscar un voluntario que va a morir

La solución que cuenta es la pena capital. El científico fue a una penitenciaría de Phoenix y localizó a un condenado a muerte que, según el relato, sería ejecutado en la silla eléctrica en la cárcel de St. Louis, en Missouri.

«en Estados Unidos ya sabéis que todavía existe esto de la pena capital, donde te condenan a muerte»

El trato: coagular o morir sin dolor

Un corte superficial en la muñeca. Si la sangre coagulaba, quedaría libre con una segunda oportunidad; si no, moriría desangrado, pero sin sufrimiento y sin el trance de la silla eléctrica. Aceptó por esas dos razones, y en la historia no se dan nombres.

«tendrás una oportunidad de sobrevivir, si la sangre coagula a tiempo en tu muñeca»

El frasco de suero bajo la cama

Aquí está el engaño. Inmovilizado y sin ver nada, al condenado le dijeron que escuchara caer su sangre en una vasija. El corte no llegó a arteria ni vena y ni siquiera sangró: lo que goteaba era un frasco de suero con válvula escondido debajo de la cama.

«Por eso es importante que fuera de aluminio para que se oiera el clac, clac, clac de las gotas del suero.»

Cerrar la válvula cada diez minutos

El científico iba reduciendo el goteo poco a poco, sin que el condenado lo advirtiera. Él interpretó lo esperable: que salía menos sangre porque le quedaba menos en el cuerpo. Y empezó a perder color y energía sin tener nada.

«cerraba un pelín la válvula del frasco, de modo que el goteo iba disminuyendo»

Un paro cardíaco sin herida

Cuando la válvula se cerró del todo y el sonido cesó, el hombre murió. El desenlace da pie a la tesis del episodio y al paralelismo con el emprendimiento: la mente ejecuta al pie de la letra la información que acepta, para bien o para mal.

«El condenado dejó de escuchar las gotas cayendo y tuvo un paro cardíaco. Falleció sin haber perdido siquiera una gota de sangre.»

El episodio, en profundidad

El episodio 172 de Frogmación arranca con una decisión editorial. Juan Gabriel Gomila recuerda cómo nació el podcast: en la primera temporada sacaba dos episodios por semana, uno largo de entrevista u opinión y otro cortito, de cinco a diez minutos, para una anécdota que no daba para media hora. Los datos de YouTube y de Spotify le confirman que mucha gente no tiene una hora seguida, o reparte la escucha en varios días. De ahí el anuncio: «Voy a intentar recuperar esas anécdotas cortitas.» No promete una por semana, pero sí de vez en cuando, como paralelismo para quien quiere emprender o está atravesando un problema grande. El motivo de fondo lo suelta antes: alrededor de emprender «existe una especie de tabú alrededor de este tema que nos impide hablar amplia y llanamente de lo que es arrancar un negocio desde cero».

Un experimento que él mismo llama perturbador

Lo que va a contar lo anuncia como «el perturbador experimento de la última gota de sangre», y dice de él que «es una historia basada en hechos reales». Avisa de qué quiere que te lleves: «quiero que veáis una analogía entre lo que somos y lo que realmente creemos». Según cuenta en el episodio, un científico de Phoenix, Arizona, quería probar la teoría de la última gota de sangre, que formula así: «El experimento contaba que realmente una persona que siente que está en sus últimos momentos desangrándose acaba muriendo.»

El obstáculo era el voluntario: llevar el experimento hasta el final significaba desangrar a alguien y que acabase potencialmente muriendo. ¿Dónde encontrar a quien aceptara? Su respuesta es incómoda y directa: «en Estados Unidos ya sabéis que todavía existe esto de la pena capital, donde te condenan a muerte». Así que se fue a una penitenciaría de Phoenix y encontró allí a un condenado a muerte que, dice el relato, sería ejecutado en la cárcel de St. Louis, en el estado de Missouri, en la silla eléctrica. Los dos emplazamientos aparecen así en el audio, y así se recogen aquí.

El trato con el condenado

La oferta fue precisa: un corte pequeño en la muñeca, no profundo como para matarle, pero sí lo bastante para gotear sangre hasta el final. Con eso el científico comprobaría si su cuerpo coagulaba, si resistía la última batalla por sobrevivir o perecía en el intento. ¿Qué ganaba el condenado? «tendrás una oportunidad de sobrevivir, si la sangre coagula a tiempo en tu muñeca», y en ese caso no sería ejecutado: quedaría libre, con una segunda oportunidad. Si no coagulaba, moriría desangrado, pero sin dolor y sin sufrimiento, «a diferencia de la silla eléctrica, que como habréis visto en películas, pinta de agradable no tiene».

El hombre dijo que sí: «Aceptó que era preferible morir de esta forma, que la silla eléctrica y además tenía una posibilidad de sobrevivir.» En la historia «no se aportan nombres en la historieta».

El truco: un frasco de suero y un plato de aluminio

Merece la pena entender el mecanismo, porque de él depende la moraleja. Al condenado lo colocaron en una cama alta, inmovilizado, sin ver el corte ni el sitio donde caía la sangre. Bajo la muñeca, una pequeña vasija de aluminio. Y una única instrucción: «Escucha el goteo de tu sangre cuando caiga en la vasija.»

El corte fue superficial: no llegó a alcanzar arteria ni vena, suficiente para que él notara el tajo, insuficiente para provocar una herida mortal. De hecho, la muñeca ni siquiera llegó a sangrar. Lo que sonaba era otra cosa: debajo de la cama habían escondido un frasco de suero con válvula, de los de hospital, y al hacer el corte lo abrieron para que goteara sobre el plato. El material no es decorativo: «Por eso es importante que fuera de aluminio para que se oiera el clac, clac, clac de las gotas del suero.»

El seguimiento consistía en manipular ese sonido. Cada diez minutos, sin que el condenado lo notara, el científico «cerraba un pelín la válvula del frasco, de modo que el goteo iba disminuyendo». Y el hombre, que tenía grabada la instrucción de escuchar su sangre caer, interpretó lo único que podía interpretar: que salía menos porque le quedaba menos.

Murió sin perder una sola gota

Lo que ocurrió después es la parte cruda. «El resultado fue que el paciente o el voluntario fue perdiendo el color, fue perdiendo la energía, quedaba cada vez más pálido, a pesar de que no le pasaba nada». Cuando el científico cerró la válvula del todo, el goteo se detuvo: «El condenado dejó de escuchar las gotas cayendo y tuvo un paro cardíaco. Falleció sin haber perdido siquiera una gota de sangre.»

La conclusión que extrae es la tesis del episodio, y funciona igual en la dirección contraria: «La mente humana cumple al pie de la letra toda la información que se le envía y acepta por su huésped, ya sea algo positivo o negativo.» Al condenado no le pasaba absolutamente nada, pero su mente quería creer que se estaba desangrando, y el cuerpo obedeció.

Qué tiene que ver esto con montar un negocio

El salto lo da sin rodeos: «Nosotros cuando emprendemos nos vemos afectados por todo lo que nos cuenta la gente.» Y enumera el goteo real, el que sí escuchamos todos los días. Que ni lo pruebes, que es muy difícil. «Sólo la gente con suerte tiene éxito.» Que tú no te ves capaz. A eso suma lo que, según él, nos instruyen casi desde pequeños: conseguir un trabajo y conservarlo para toda la vida, «a agarrarnos cual clavo ardiente a una oferta de trabajo, a un sueldo o a una sociedad donde nos putean por todos lados». Igual que al condenado, esa información nos condena antes de empezar.

Su respuesta es rotunda: «Nunca escuches nada acerca de que no puedes emprender, todo el mundo puede emprender.» Y añade un matiz que quita presión, porque el miedo habitual es no tener la idea perfecta: «Todo el mundo con una idea lo suficientemente buena puede emprender.» Incluso si no lo es del todo, con los años se va refinando.

Los 3.000 euros a los 27 años

La parte más personal llega al final, y es la que da credibilidad al resto. Si hubiera hecho caso a su entorno seguiría en la empresa de videojuegos que abandonó hace más de diez años, en lugar de dedicarse al emprendimiento, a la formación online y a viajar por el mundo. Sus padres se lo dijeron con estas palabras: «Juan Gabriel, cómo te vas a ir del trabajo si estás ganando 3.000 euros al mes, con eso te basta y te sobra para vivir.» Tenía veintisiete años. Seguiría ganando algo más, calcula, pero viviendo el sueño de otro.

Él mismo pone el freno antes de que nadie salga corriendo: «Tampoco te estoy diciendo que mañana dejes tu trabajo, te pongas a emprender y que tires el dinero por la ventana». Lo que pide es más modesto y más difícil: darse cuenta de que «no tenemos que dejarnos influenciar de forma tan rápida como muchas veces ocurre por nuestro entorno», que «podemos ser críticos, podemos superar las barreras» y que, si el entorno o las condiciones no te lo permiten, «igual es el momento de realizar el cambio». Y de los invitados de esta quinta temporada que se tiraron a la piscina y les salió bien, sugiere mirar su entorno: «piensa que probablemente su entorno jugó un gran papel». Con eso cierra: «Entonces mi moraleja de la historia es que no seas como el condenado.»

Lo que te llevas

  • El cuerpo puede responder a una creencia como si fuera un hecho: en el relato, el condenado muere de un paro cardíaco sin haber perdido una sola gota de sangre.
  • El sonido del goteo era un frasco de suero con válvula, y bastó con cerrarla poco a poco para que él se convenciera de que se estaba quedando sin sangre.
  • La mente aplica al pie de la letra la información que acepta, tanto si es positiva como si es negativa; ahí está la parte aprovechable de la historia.
  • Al emprender escuchamos un goteo parecido: que es muy difícil, que solo triunfan los que tienen suerte, que tú no te ves capaz.
  • No hace falta la idea perfecta para arrancar; una idea suficientemente buena se va refinando con los años.
  • Nadie propone dejar el trabajo mañana y tirar el dinero: la propuesta es dejar de reaccionar tan rápido a lo que dice el entorno y decidir con criterio propio.

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