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Momentos clave
Manu Seva empezó a consumir a los 13, perdió el control a los 25 y entró en tratamiento a los 33. En esta entrevista explica por qué el adicto no es el de las películas, por qué cortar el consumo no basta y qué hacer si esto le está pasando a alguien de tu casa.
El adicto que nadie ve venir
Los perfiles extremos que salen en el cine son minoritarios. El adicto mayoritario tiene trabajo, pareja, casa y familia, y eso hace la frustración más grande: lo tiene todo y sigue vacío por dentro.
«El adicto típico es mi perfil»
Quince años anestesiado
Manu describe la sustancia como una medicina que baja las revoluciones de un cerebro extremista. El coste fue perder las emociones durante toda su vida adulta, y recuperarlas fue lo que más trabajo le costó.
«desde los 18 años hasta los 33 yo vivía anestesiado»
Cambiar de país no cambia nada
Tras la crisis de 2008 se fue cuatro años a la República Dominicana y allí no tuvo problemas. El día que volvió a pisar España, el consumo lo estaba esperando intacto.
«te puedes esperar incluso 4 años que cuando vuelvas te la vas a jugar otra vez»
Tres intentos de pedir ayuda
En 2015, 2017 y 2018 lo intentó y se topó con amigos que también consumían, un médico sustituto que no sabía del tema y un internet que solo ofrecía dos extremos. Cada puerta cerrada le servía de excusa para seguir.
«hasta que no estás muy mal, no eres capaz de pedir ayuda»
Dejar la droga no es recuperarse
Cortar el consumo sin tocar lo que hay debajo garantiza la recaída. Por eso su tratamiento duró cuatro años, con psiquiatra, psicólogo, terapeuta rehabilitado y grupo.
«la droga está aquí, pero esto lo ha provocado algo que había antes»
Recuperarse es hacer, no querer
Mucha gente le dice que quiere dejarlo y se echa atrás cuando ve lo que exige el tratamiento. Él mismo entró sin ganas y siguió adelante por lo que llama envidia preventiva: si los demás se recuperaban, él no iba a ser menos.
«no se recupera el que quiere, sino el que hace»
El consejo para las familias
Antes de elegir centro, pedir una opinión profesional e independiente, aunque la persona afectada no quiera. Un tratamiento mal elegido no solo cuesta dinero: quema el intento y da coartada para años de consumo.
«tienes la excusa perfecta para seguir consumiendo de por vida»
Prevención, propósito y etiquetas
Critica las campañas escolares y reclama gestión emocional desde pequeños. Recomienda la película En la cuerda floja y el libro El hombre en busca de sentido, del que se llevó la idea que le ordenó la vida.
«el camino sería enseñar gestión emocional en los colegios»
El episodio, en profundidad
Manu Seva probó el alcohol a los 13 años y le dio asco. Perdió el control a los 25. Entró en tratamiento a los 33. Hoy lleva más de cinco años a cero absoluto y orienta a familias que no saben a quién llamar. Su conversación con Juan Gabriel Gomila no se parece a lo que uno espera de una charla sobre drogas.
El adicto no es el de las películas
Los dos arquetipos que tenemos en la cabeza —el millonario que se aburre y el que ya no tiene nada que perder— existen, dice Manu, pero son minoría. «El adicto típico es mi perfil»: alguien de pueblo, de familia estructurada, con dos carreras, deportista, con trabajo, con pareja, con casa. Y por eso duele más: si lo tienes todo y sigues vacío por dentro, la frustración se multiplica.
Ahí es donde entra la sustancia, y no como fiesta: «la droga es una anestesia, una medicina». Le bajaba las revoluciones a un cerebro que él describe como extremista, de blanco o negro, sin grises. Cuando consumía, encajaba. El precio lo cuenta sin adornos: «desde los 18 años hasta los 33 yo vivía anestesiado». Quince años de los que dice «Lo he vivido, pero no lo he sentido». Recuperar las emociones fue lo que más le costó, y lo describe como volver a ser un niño que lo descubre todo otra vez.
Nadie se vuelve adicto de un día para otro
Manu insiste en que no hay un culpable único. A quien le dice que empezó por una ruptura le responde que la ruptura solo aceleró algo que ya estaba. La enfermedad es multifactorial: componente genético, hiperactividad, no sentirse comprendido. Cita que entre el 60 y el 65 por ciento de la responsabilidad de desarrollar una adicción es genética. Y avisa de que se cuela por la puerta de atrás: «la enfermedad es muy hija de puta y te la cuela». Su consumo era esporádico pero desproporcionado, y a él le parecía más normal que tomarse una sola cerveza.
Tras la crisis de 2008 se fue a la República Dominicana, donde vivió cuatro años trabajando en el sector inmobiliario. Allí no hubo problema. El problema volvió el día que pisó España otra vez: «te puedes esperar incluso 4 años que cuando vuelvas te la vas a jugar otra vez». De ahí una de las frases que más repite a quien le escribe pensando en mudarse a Suiza o a donde sea: «Está igual, si el problema va contigo».
Pidió ayuda tres veces antes de que alguien se la diera
En 2015, en 2017 y en 2018. Se lo contó a dos personas que también consumían, y como ellas no reconocían tener un problema, tampoco lo reconoció él. Fue al médico de cabecera y le atendió un sustituto que le dijo que no sabía nada del tema. En el psiquiatra pasó lo mismo. En internet encontró dos extremos: que no funciona nada, o clínicas de seis mil euros al mes. Cada puerta cerrada era munición: ya había hecho su parte, así que podía seguir consumiendo. Su conclusión es dura: «hasta que no estás muy mal, no eres capaz de pedir ayuda». Cuando por fin se lo dijo a sus padres, con 33 años, ellos se alegraron: al menos ya sabían qué le pasaba.
Describe la adicción como un secuestro, y lo cruel es que secuestra justo la parte que podría pedir auxilio: «es una enfermedad que es muy cabrona, que es que te secuestra, literalmente te secuestra». La zona del cerebro que decide y pide ayuda es precisamente la dañada.
Dejar la droga y recuperarse son dos cosas distintas
Es la idea central del episodio. Cortar el consumo es solo la mitad: «la droga está aquí, pero esto lo ha provocado algo que había antes». Si quitas la sustancia y no tocas lo de debajo, la probabilidad de recaer es del cien por cien, porque sigues siendo la misma persona que empezó, o peor. Por eso su tratamiento duró cuatro años y desconfía de los cortos: la parte física tiene sus plazos. A los veinticuatro meses, cuenta, hay un retroceso de neurotransmisores que te deja sintiéndote tonto, y si nadie te avisa de que es normal, consumes.
Hace falta un equipo —psiquiatra, psicólogo, terapeuta rehabilitado— y hace falta grupo. «yo no conozco a nadie que se haya recuperado solo», dice. Y una frase que resume su forma de entenderlo: «no se recupera el que quiere, sino el que hace». Él mismo llegó a la clínica sin ganas y se agarró a lo que llama envidia preventiva: si aquellos se estaban recuperando, él no iba a ser menos.
Qué hacer si le pasa a alguien de tu casa
Su consejo a las familias es concreto: pedir orientación profesional antes de mover ficha, aunque la persona afectada no quiera. El circuito de centros gratuitos y clínicas privadas es opaco, y si llamas directamente a una casa de ingresos te dirán que sí, sin maldad, aunque lo que necesites sea ambulatorio. A finales de abril le llegaron dos casos de gente joven que entró en un sitio equivocado y salió peor. El daño no es solo el dinero: quien hace un tratamiento que no funciona «tienes la excusa perfecta para seguir consumiendo de por vida», porque rara vez se intenta un segundo.
Habla también del tabú. Dos parejas amigas de toda la vida, cenando juntas, descubrieron por casualidad que sus dos hijos llevaban meses en tratamiento a la vez, sin que ninguna de las dos familias lo supiera. Y del efecto sobre el entorno, la coadicción: el adicto destroza tanto el hogar que la familia acaba enferma también.
Cinco años a cero, vinagre incluido
En su modelo, «la recaída no forma parte del proceso»: un solo consumo y se vuelve a empezar de cero. Eso incluye leer etiquetas de helados, pizzas congeladas o salsas del Burger King, no porque el vinagre de alcohol vaya a provocar nada, sino por respeto a lo que le costó. En los restaurantes dice que es alérgico, porque «si le digo que soy adicto, no me hacen ni puto caso». Y la clave del día a día no es resistir las ganas: «no podemos controlar la recaída, sino controlar que no estés mal, tú recaes si estás mal». Levantarse a su hora, cumplir, entrenar, meditar. Ni sed, ni hambre, ni sueño.
Lo que este episodio deja
Manu es tajante con la prevención que se hace hoy: «quién no sabe que la droga es mala». Para él las campañas escolares no sirven y «el camino sería enseñar gestión emocional en los colegios», algo que no ve venir porque quien sabe gestionar sus emociones es difícil de manipular. Le preocupa lo que viene por detrás: móviles desde muy pequeños y adicciones comportamentales que no cambian la fisiología del cerebro pero sí allanan el salto a la sustancia. Cuenta el caso de un compañero de máster, de veinte años, con diez horas de TikTok en las últimas veinticuatro, y no era su peor día.
El alcohol, dice, está hipernormalizado. Entre las pautas del tratamiento estaba leer novelas: más de cien libros y en todos aparecía, hasta en el Quijote. Sherlock Holmes consume opiáceos abiertamente. Volvió a ver Los Simpson y se le cayó la venda con Homer y el bar del pueblo. Sus recomendaciones van en esa línea: la película En la cuerda floja (2005), sobre la vida de Johnny Cash, y el libro El hombre en busca de sentido, que le enseñó que «no había que perseguir la felicidad, sino un propósito». Y cierra con lo que ha convertido esto en una vida y no en una supervivencia: «En el momento que te haces cargo de tu vida, todo pasa a ser distinto, empieza a ser todo mucho más fácil».
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Lo que te llevas
- El perfil mayoritario del adicto no es el de las películas: es alguien con trabajo, pareja, casa y familia, y por eso pasa desapercibido durante años.
- Manu sitúa entre el 60 y el 65 por ciento de la responsabilidad de desarrollar una adicción en el componente genético, lo que desmonta la lectura de la falta de voluntad.
- Cortar el consumo y recuperarse son cosas distintas: sin trabajo sobre lo que había antes, la recaída es cuestión de días.
- Nadie pide ayuda antes de sufrir lo suficiente, y cuando la pide se encuentra un circuito de centros y clínicas que casi nadie sabe navegar.
- La familia debería pedir orientación profesional antes de elegir tratamiento: un intento fallido reduce muchísimo las probabilidades de que haya un segundo.
- Lo que se controla no es la recaída sino el estado: rutina, deporte, meditación y evitar sed, hambre y sueño.